Resonancias: Revista de investigación musical

ISSN 0719 - 5702 (en línea); ISSN 0717 - 3474 (impresa)

N°43 /

Noviembre 2018

Portada Resonancias 43 WEB

Article

La música en los albores del cine sonoro chileno

By Martín Farías

Reid School of Music / School of Literatures, Languages and Cultures, University of Edinburgh
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Resumen
A partir de un análisis comparativo de dos películas chilenas producidas en los comienzos de la era sonora, El hechizo del trigal (Eugenio de Liguoro, 1939) y Escándalo (Jorge Délano, 1940), el presente artículo propone un estudio en torno a los usos de la música en el cine chileno que incorpore tanto el funcionamiento de esta en el ámbito interno de las películas, así como en sus dimensiones históricas y sociales. De esta manera se busca contribuir a un área que ha sido escasamente desarrollada en el estudio de la música en Chile.

música de cine - cine chileno - folclor - composición musical para cine

 

Music at the Dawn of Chilean Sound Cinema

Abstract
Based on a comparative analysis of two Chilean films produced in the beginnings of the sound era, El hechizo del trigal (The Wheatfield Spell, Eugenio de Liguoro, 1939) and Escándalo (Scandal, Jorge Délano, 1940) this article offers a study of the uses of music within Chilean cinema, incorporating not only the internal role of music but also its historical and social dimensions. In so doing, I seek to contribute to a field that has barely been developed in the study of music in Chile.

film music - Chilean cinema - folklore - film scoring

Resonancias vol. 22, n° 43, julio-noviembre 2018, pp. 43-66. 
DOI: https://doi.org/10.7764/res.2018.43.3
PDF

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Introducción

Los estudios sobre cine chileno han florecido en la última década en Chile estableciendo un área de estudio donde convergen académicos provenientes de distintas disciplinas. Sin embargo, el análisis de lo sonoro y lo musical en particular ha sido escasamente abordado. En una suerte de abandonada frontera disciplinar, los estudiosos del cine raramente abordan aspectos musicales y aunque algunos textos parecen reconocer esta carencia, en lo concreto lo musical sigue siendo mencionado únicamente como anécdotas y notas al pie, pero no incorporados al análisis cinematográfico. Paralelamente, desde el ámbito de la musicología y los estudios de la música en su conjunto, el panorama no es más auspicioso, y únicamente se cuentan unos pocos textos que abordan aspectos bastante parciales, en algunos casos con debilidades a la hora de considerar elementos estéticos e históricos de lo cinematográfico.

Considerando lo anterior, el presente artículo propone explorar la música en el cine chileno en términos del análisis de su significado, pero a su vez incorporando las circunstancias sociopolíticas que han delineado el desarrollo de la música, el cine y sus interacciones. En paralelo, este estudio busca entender el cine como un medio eminentemente audiovisual, concibiendo las categorías de lo sonoro y lo visual no como una estructura jerárquica en la cual lo sonoro trabaja como complemento a una experiencia visual sino más bien como una relación simbiótica en la cual el diálogo entre ambos mundos produce nuevos significados y contenidos que trascienden la especificidad de cada uno.

Aunque este enfoque no es una novedad, y puede rastrearse ya en los textos fundacionales de los estudios de música en el cine (Adorno y Eisler [1947] 2007; Chion 1990; Gorbman 1987; Kalinak 1992), su aplicación en el ámbito chileno representa una contribución. Además, considero que el estudio de la música en el cine está inexorablemente ligado a las circunstancias sociopolíticas del país y que, por tanto, lo musical en el cine puede ser estudiado como un correlato de una serie de hechos y trayectorias en la historia de Chile y Latinoamérica.

En este artículo propongo tomar como caso de estudio dos de las primeras películas sonoras que actualmente se conservan, El hechizo del trigal (Eugenio de Liguoro, 1939) y Escándalo (Jorge Délano, 1940), considerando que ambas cristalizan parte importante de las discusiones y definiciones que tuvieron lugar en la década del cuarenta hasta mediados de los cincuenta en términos de tramas, estéticas cinematográficas y usos de la música, así como en su vínculo con los proyectos políticos e identitarios del país.

Como una tarea a largo plazo, me parece necesario ir delineando una historia de la música en el cine chileno, considerando sus desarrollos, transformaciones y vínculos con los proyectos cinematográficos de cada periodo, teniendo en cuenta que para esto resulta clave abordar su estudio desde una perspectiva que no se limite solamente a la enumeración de casos aislados, desprovistos de contexto.

El estudio de la música en el cine en Chile

En la historiografía del cine chileno los aspectos relativos a la música y el sonido han sido generalmente obviados (Santana 1957; Godoy 1966; Ossa 1971; Mouesca y Orellana 2010). Una tendencia similar se aprecia en estudios de determinados periodos y géneros (Vega 1979; Mouesca 2005; Cavallo y Diaz 2007; Cortínez y Engelbert 2014). Solo referencias someras a ciertos compositores y bandas sonoras suelen encontrarse en este tipo de trabajos, no pocas de ellas con imprecisiones y errores. Pero si los estudios sobre cine han marginado lo musical, las cosas no son muy distintas desde el ámbito de los estudios musicológicos y de historia de la música. La historiografía musical apenas menciona la presencia de la música en el cine chileno (Salas Viu 1952; Claro y Urrutia 1973; Claro 1979) e incluso, la labor de los compositores en este ámbito es descrita con desdén (Escobar 1971). Una de las pocas excepciones puede hallarse en los dos volúmenes de historia social de la música popular en Chile (González y Rolle 2005; González, Rolle y Ohlsen 2009), que incluyen referencias a la música en el cine chileno enfatizando sobre todo sus relaciones con las industrias de la música de la época. Sin embargo, estos textos no contemplan el funcionamiento de la música al interior de las películas.

A la fecha, escasos trabajos académicos se han escrito al respecto en Chile. Lo que existe es un pequeño número de artículos que se enfocan en películas o periodos específicos. El artículo de Purcell y González (2014) discute la relación entre música y cine durante la era silente, particularmente en las décadas de 1910 y 1920. Basándose principalmente en un análisis de prensa los autores delinean ciertas características de la práctica musical en el cine de la época. Por otra parte, el musicólogo José Manuel Izquierdo (2007) en un breve artículo estudia el caso específico de la música de Luis Advis para la película Julio comienza en Julio (Silvio Caiozzi, 1979), donde entrega algunas luces respecto al funcionamiento de la música en la narrativa de la película pero que no sobrepasa el acotado caso.

Claudio Guerrero y Alekos Vuskovic publicaron muy recientemente el primer libro que aborda el estudio sobre la música del llamado Nuevo Cine Chileno, incluyendo el análisis de diez cintas del periodo 1957-1973, considerando exclusivamente cintas con composición original (2018).[2] En una línea similar, una de las aportaciones más recientes es la de José María Moure (2018) que en su tesis de Magíster utiliza como caso de estudio la música compuesta para tres películas chilenas de ficción de fines de los sesenta. Si bien el trabajo propone un enfoque interesante en relación a las funciones de la música en los filmes estudiados, la especificidad del estudio sumado al reducido marco teórico que sustenta la investigación, limitan en parte su alcance.

En base a un proyecto de tesis inacabado, Izquierdo (2011) establece una aproximación general a la historia y el desarrollo de la música en el cine desde la década de 1930 hasta los años 1990. Pese a su tono más bien ensayístico y a las carencias propias de un trabajo inconcluso, el autor propone la necesidad de establecer definiciones en torno a lo nacional y cómo se inserta el cine en ese proyecto de país, sugiriendo interesantes caminos de estudio.

Es importante considerar que el estudio de la música en el cine se ha desarrollado con fuerza en el medio académico anglosajón, y por tanto el inglés se ha convertido en el idioma hegemónico en el área. En términos metodológicos, este hecho se ha traducido en que muchos de los estudios escritos en castellano, no solo sobre cine chileno sino también de otros países latinoamericanos, acaban apoyándose única o mayoritariamente en dos de los libros de Michel Chion (1990; 1997), que son los únicos textos teóricos sobre música en el cine que se han traducido al español. En este sentido, uno de los desafíos para este y futuros estudios es la incorporación de bibliografía existente que pueda ser relevante para intentar saltar esa barrera y ampliar nuestras perspectivas sin limitarnos a temas y perspectivas que ya han sido ampliamente desarrollados.

La llegada del cine sonoro en tiempos de crisis

A comienzos de la década de 1930 la Gran Depresión afectaba en forma importante a la economía latinoamericana. Como muchos de los países de la región, Chile había basado su desarrollo en el modelo de exportación e importación que, luego de la crisis, reveló su debilidad.[3] Durante esos años, el país vivió una efímera república socialista, un golpe de Estado y una sucesión de gobiernos de transición, situación que se tranquilizó parcialmente con el gobierno de Arturo Alessandri (1932-1938), aunque su mandato no estuvo ajeno a conflictos, y se estabilizaría solo a fines de la década con la elección de Pedro Aguirre Cerda (Del Pozo 2002, 144). El nuevo gobierno desarrolló una serie de reformas, incluido un plan de industrialización que intensificó la migración campo-ciudad. A partir de una serie de transformaciones en la vida de los chilenos, la ciudad se convirtió en un símbolo de progreso y desarrollo, pese a que en ella las condiciones de vida para las clases trabajadoras seguían siendo deplorables.

Desde comienzos del siglo XX, el cine estadounidense fue el modelo hegemónico para Latinoamérica. Su presencia se convirtió en un referente y punto de comparación para los cines de la región. En la década de 1910, y sobre todo durante la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos estableció una fuerte presencia en el mercado cinematográfico latinoamericano (Purcell 2009). Uno de los factores claves en la implantación del cine norteamericano como modelo hegemónico fue la prensa: a través de diarios y revistas, se construyó un imaginario de Hollywood como sinónimo del cine. En este sentido, el rol de la revista Ecran, fundada en 1930, fue crucial para la implantación y consolidación del cine sonoro y de Hollywood en el país. La publicación acompañó el proceso de instalación del cine sonoro y contribuyó enormemente a promover tanto el llamado star system de Hollywood como el interés por la cultura cinematográfica. En su larga existencia, desde abril de 1930 hasta julio de 1969, experimentó muchos cambios, pero su foco en Hollywood prevaleció invariable.[4]

En paralelo, durante los años treinta, compañías estadounidenses se dedicaron a comprar viejos teatros para construir cines en Santiago. Fox y Paramount eran propietarios del Teatro Santiago y la Metro Goldwyn Mayer del Teatro Central y el Cine Metro (González y Rolle 2003, 241). De este modo, las empresas controlaban no solamente la importación de películas sino también los circuitos de exhibición y las decisiones respecto a qué películas se exhibían. De acuerdo a las estadísticas entregadas por Purcell, en 1935 hubo 279 estrenos en las salas nacionales, de los cuales 204, es decir un 73.1%, correspondía a películas producidas por Hollywood. Más adelante, en 1940, la situación era bastante similar, pues si bien el número de estrenos casi se duplicó, llegando a 444 películas, 301 de ellas, es decir el 67.7%, provenía de los Estados Unidos, mientras que apenas un poco más del 10% de los estrenos correspondía a producciones latinoamericanas (2010, 495). Según señala Jorge Schnitman:

La dominación de los mercados cinematográficos locales en Latinoamérica por parte de productores y distribuidores extranjeros ha sido y continúa siendo un elemento básico que afecta no solo las perspectivas de crecimiento cuantitativo de la producción local sino también las decisiones de contenido de los productores locales y la organización general del cine como forma cultural (1984, 8).[5]

Ante el control de los mercados latinoamericanos, los productores locales tomarán dos estrategias: por un lado, adherir a las estéticas propuestas por el cine Hollywoodense, intentando crear cintas que puedan asemejarse a ellas o, por otra parte, crear películas en la línea de otras cinematografías latinoamericanas, como la argentina y la mexicana, exaltando aspectos identitarios locales como una forma de diferenciarse de la producción norteamericana.

Cine sonoro y referentes latinoamericanos

La llegada del sonoro en 1930 provocó un quiebre en la producción local pero también en los códigos de representación. El lenguaje cinematográfico cambiaba de pronto y esta nueva modalidad requería estándares de producción distintos a los del cine mudo, especialmente la necesidad de técnicos de sonido y equipos de grabación. Los cineastas chilenos no contaban ni con los recursos económicos ni con la tecnología para producir cine sonoro. Todo esto, sumado a la turbulenta década en que aparecía esta nueva forma de hacer cine, se tradujo en un lento proceso de asimilación que tomó prácticamente toda la década de 1930. En 1934 el cineasta Jorge Délano filmó Norte y Sur, la primera película sonora chilena, utilizando equipamiento fabricado por técnicos locales. Sin embargo, esta película fue solo un hito aislado pues la producción recién tuvo continuidad a partir de 1939.[6]

Es posible que la compleja situación económica y política explique el lento desarrollo del cine sonoro en Chile. La crisis interna luego de la renuncia del presidente Carlos Ibáñez del Campo en 1931, la fuerte caída en el precio del cobre y el salitre y la crisis económica internacional luego de la caída en la bolsa estadounidense en 1929, afectaron las posibilidades de desarrollo de la producción cinematográfica local. Una situación similar se vivió en la mayoría de los países latinoamericanos. Según ha señalado John King, “el costo y la sofisticación de las nuevas tecnologías fueron demasiado para la mayoría de los países más pobres, quienes tardaron muchos años en hacer la conversión a películas habladas nacionales” (1990, 31).

Mientras Argentina y México lograron consolidar industrias cinematográficas bastante estables y productivas, la producción de cine chileno representó una porción muy pequeña de las películas habladas en español durante los treinta y cuarenta.[7] Así, la producción local, además de tener a Hollywood como modelo hegemónico, comenzó a ser comparada con las cinematografías de estos dos países latinoamericanos, que conquistaban el mercado regional debido a la familiaridad con el idioma y las historias narradas.

El cambio del cine silente al sonoro implicó no solo aspectos técnicos sino también culturales. El sonido trajo a cada país la posibilidad de retratar los lenguajes y acentos locales y se convirtió así en una marca identitaria. Según señala Lisa Jarvinen, esto permitió “reafirmar las identidades nacionales y regionales ante la dominación de Hollywood no solo del negocio cinematográfico sino de la expresión cinematográfica misma” (2012, 11-12). Mientras los realizadores latinoamericanos intentaban adaptarse a este nuevo modelo, Hollywood puso todos sus esfuerzos en establecer su supremacía. En los primeros años algunas de sus producciones eran filmadas en inglés y en español por los mismos actores,[8] mientras en otros casos la misma producción era interpretada por dos elencos distintos, uno de habla inglesa y el otro de habla hispana, donde aparecían tanto españoles como latinoamericanos.

Sin embargo, ante la falta de una producción local, la noción del cine sonoro en Chile estuvo marcada por los referentes internacionales, tanto de Hollywood como de los países de habla hispana que sí pudieron desarrollar industrias cinematográficas con la llegada del sonoro. Este hecho contribuye a explicar la recurrente comparación que se hacía entre el cine local y el extranjero durante toda la década siguiente. Jorge Schnitman establece que, como parte de las estrategias para referir a las culturas locales, el cine latinoamericano a menudo utilizó a figuras estereotípicas como los gauchos en Argentina, los charros en México y los huasos en Chile, además de la inclusión de formas de hablar local y canciones basadas en géneros folclóricos pero reprocesados y mediatizados (1984, 9). Es precisamente aquello lo que comienza a aparecer con fuerza en el cine chileno.

Música en Chile

La institucionalización implementada desde la década del veinte en la música docta chilena llevó a una reestructuración del Conservatorio Nacional en 1928, en el contexto de la fundación de una serie de organizaciones que buscaban promover la música nacional. Según sostiene la musicóloga Fernanda Vera, en la llamada música de arte durante el periodo predominó un enfoque altamente conservador y elitista (2015). En el campo de la música popular, en tanto, es posible rastrear dos tendencias principales: por un lado, la circulación de géneros de música popular internacional que fueron asimilados al contexto chileno, como el tango, el bolero, la ranchera, el fox-trot y, más adelante, el rock and roll, entre otros; y, por otra parte, la popularización de géneros de música folclórica como la cueca y la tonada, que comenzaron a ser interpretadas por conjuntos y solistas, y difundidos a través de la radio, partituras y posteriormente el cine. La adaptación de géneros folclóricos formó parte del desarrollo de un proyecto identitario nacional que buscó promover un imaginario basado en la recreación de música asociada a la vida rural del valle central del país.

El criollismo fue un movimiento literario que surgió con fuerza durante las primeras décadas del siglo XX en Chile, ligado a la emergente clase media y la crisis de la oligarquía. Durante la década del treinta tomó fuerza como parte de un esfuerzo de los intelectuales chilenos por trazar definiciones en torno a la identidad nacional, en base a las prácticas y cultura de la vida rural (Barr-Melej 2001, 79). Aunque se le ha asociado con un pensamiento progresista, sentó las bases del imaginario de cultura nacional promovido por los sectores más conservadores de la sociedad (Peirano 2015, 47-49).

Con la influencia del criollismo, desde la década de 1920 comenzó a aparecer en el medio musical local lo que la historiadora Karen Donoso ha definido como “una reinterpretación urbana del folklore campesino” (2006, 63). El movimiento bautizado como Música Típica comenzó a difundirse a través de los medios ofrecidos por las industrias de la música de la época. Desde 1927 cuando aparece el conjunto Los Cuatro Huasos, para muchos la quintaescencia de esta corriente, hasta mediados de los años sesenta, este estilo adquirió gran relevancia, convirtiéndose en una tendencia específica con músicos, repertorio y lugares de presentación, promovidos a través de los medios de comunicación.

En términos de las letras de las canciones, los temas apuntaban a los valores del mundo rural, exaltando sus aspectos festivos, con un fuerte sentimiento de nostalgia por el campo expresado en idílicas descripciones de paisajes y actividades de la vida rural del valle central. El tremendo éxito de la Música Típica puede ser entendido en parte considerando la masiva presencia de población ligada de una u otra forma a la vida rural, tanto de las clases altas como bajas, que llegaron a la ciudad como parte de los procesos migratorios desde el campo a la ciudad que tuvieron lugar durante dicho periodo. Mularski  plantea que, en la Música Típica, más allá de las variantes, es posible distinguir ciertas características:

La centralidad del huaso y el imaginario del valle central; fuertes expresiones de nacionalismo y unidad nacional; un retrato nostálgico de escenarios pastorales, vida del huaso y el amor; valores y perspectivas cristianas, y la preservación de las formas de vida y prácticas tradicionales (2015, 12).

De este modo, la Música Típica funcionó como una evocación de ese pasado, leído en clave nostálgica y con una fuerte idealización. La figura prominente que se exaltó fue la del huaso, que se convirtió en el símbolo de todo este imaginario construido en torno a la vida rural. Siguiendo a Donoso:

La imagen del huaso fue la elegida por la elite conservadora para asumir su interpretación del folklore. De la negación del folklore como parte de la cultura nacional en la década de 1910, se produjo un blanqueamiento de dicho concepto para incorporarlo y utilizarlo como un elemento fortalecedor de la identidad nacional (2006, 63).

Es precisamente el huaso el que se convierte en la figura central de las representaciones de la vida rural en el cine de los años treinta y cuarenta, construyendo los pilares para un idílico imaginario cinematográfico de la vida campesina en Chile. Las características esbozadas desde la Música Típica comenzaron a permear en las películas del periodo potenciadas por un fuerte vínculo entre las industrias del cine y la música que se reforzaron mutuamente.

Imaginarios rurales y urbanos

La tensión entre los mundos de lo urbano y lo rural en las artes refleja el cambio vivido en el país en términos del alto porcentaje de población que había migrado del campo a los centros urbanos. En esta línea me interesa proponer una comparación entre dos de las primeras películas sonoras producidas en Chile, que representan esta dicotomía entre lo rural y lo urbano. Ellas son El hechizo del trigal (Eugenio de Liguoro, 1939) y Escándalo (Jorge Délano, 1940).[9] He elegido estas dos cintas para un análisis en profundidad considerando que ambas comparten una serie de características. Fueron estrenadas dentro de un periodo de un año y representan los primeros intentos de desarrollar cine sonoro en Chile.[10] Además representaron las primeras experiencias en la composición de música de cine para los compositores Próspero Bisquertt y Luis Martínez Serrano, mientras que también fue la primera vez que los cineastas Jorge Délano y Eugenio de Liguoro trabajaron con compositores.

El hechizo del trigal se enfoca en una suerte de idealización de la vida rural y la preservación de ciertos valores supuestamente asociados a ella en oposición a la ciudad entendida como un lugar negativo donde prevalecen anti-valores. El título de la película de inmediato sugiere una idea del encanto que produciría el campo. Por el contrario, Escándalo es una película centrada en la ciudad, que exalta las ideas de modernidad y sofisticación de la vida urbana. En términos musicales, escuchamos un claro correlato de esta oposición, pues El hechizo del trigal utiliza un gran número de canciones folclóricas interpretadas por los personajes además de músicas de acompañamiento que refieren también a lo folclórico y apoyan la idealización de la vida en el campo. Por su parte, Escándalo utiliza mayoritariamente un acompañamiento no-diegético fuertemente influido por el modelo clásico de música de Hollywood, además de algunas canciones de música popular que funcionan como símbolos de la vida urbana.

El hechizo del trigal (1939)

La película se sitúa en el fundo Los Aromos, una zona rural del valle central, y cuenta la historia de María, la hija de Ramón, el patrón del fundo y cómo esta se enamora de José Manuel, un huaso que allí trabaja. José Manuel teme expresar sus sentimientos a María pues ambos pertenecen a clases sociales diferentes y la situación se torna más compleja con la llegada de Roberto, un ingeniero proveniente de la capital que va al fundo para instalar un nuevo sistema de regadío. Este, rápidamente se siente atraído por María y se decide a conquistarla. Gran parte de la película se concentra en este conflicto y hasta el último momento, como espectadores, no sabemos a quién elegirá María. Sin embargo, hacia el final de la cinta ella confiesa su amor por José Manuel, mientras se descubre que Roberto ya tenía una relación de pareja y este es rechazado por los campesinos del fundo.

La música de la cinta está dividida en tres grandes tipos. En primer lugar, las piezas no-diegéticas compuestas por Próspero Bisquertt e interpretadas por la Orquesta Sinfónica Nacional, que aparecen a lo largo de la película para crear ciertas atmósferas, emociones y como forma de continuidad entre escenas. En segundo lugar, un grupo de canciones, también compuestas por Bisquertt, que son cantadas por los personajes principales, es decir María y José Manuel, en ambos casos con un acompañamiento orquestal no-diegético. En estos números musicales los personajes expresan sus sentimientos a través del canto y en paralelo vemos acciones que nos aportan información sobre ellos y otros personajes. Finalmente, un tercer grupo lo componen las tonadas y cuecas interpretadas en la acción por un grupo folclórico en el contexto de la fiesta campesina que Ramón da a sus trabajadores para inaugurar el sistema de regadío.

Pese a que las canciones compuestas por Bisquertt se basan en géneros de la música folclórica, particularmente asemejándose a tonadas, estas son interpretadas en un estilo vocal más bien lírico, lo cual, sumado al acompañamiento orquestal, les otorga cierto refinamiento a las canciones. Estas simbolizan la fusión entre música docta y géneros de la música tradicional que podemos interpretar como parte de las corrientes de nacionalismo musical del periodo. De hecho, Bisquertt es considerado como parte de dicha tendencia por Samuel Claro y Jorge Urrutia Bondel en su Historia de la música en Chile (1973, 136). En el contexto cinematográfico, la versión docta de estos géneros puede ser también interpretada como una suerte de blanqueamiento de lo folclórico, lo cual además contribuye a crear el clima de idealización del mundo rural, que es una de las ideas claves de la película. De este modo, el embellecimiento de este mundo opera no solo en términos visuales y discursivos, sino también en el plano de lo sonoro.

En cuanto a los números musicales, en los primeros minutos del filme, una tonada es interpretada por la orquesta y un coro sobre una serie de imágenes de la trilla. Pese a que la calidad de la grabación impide distinguir completamente el texto, se oye claramente “vámonos a trabajar, que es nuestro diario deber”, lo cual sumado al carácter ágil y enérgico de la pieza entrega desde el primer momento una visión ideal de la vida campesina donde todos trabajan en armonía. Luego aparece María, también cantando “qué bellos son los campos, bajo este cielo azul de Dios”, enfatizando la exaltación de la vida rural bajo una mirada religiosa. La orquesta continúa su acompañamiento en el fondo mientras vemos a José Manuel mirando a María embobado para luego ver en primer plano su mano dibujando un corazón con el nombre de María en una mesa donde este está apoyado (06:11 – 07:52).

La estrategia de la canción interpretada por el personaje con acompañamiento no-diegético se repite algunas escenas más adelante con una sutil pero significativa diferencia. En este caso, María no solamente canta, sino que también toca guitarra (19:30 – 24:06). La escena comienza con Roberto, el ingeniero, que acaba de llegar al fundo, observando el paisaje y encendiendo un cigarrillo, pero de pronto escucha la voz de María cantando, comienza a seguir su voz hasta que la encuentra y continúa observándola a lo lejos. En ese momento, vemos a José Manuel que también está escondido entre los árboles viéndola cantar. Luego vemos por fin a María, que está sentada cantando y tocando la guitarra. Sin embargo, no hay sonido de guitarra en la música, sino un arpa que sincroniza breves melodías descendentes con los movimientos también descendentes de la mano de María en la guitarra. El reemplazo del sonido de guitarra por el arpa orquestal es altamente simbólico en términos de la idealización de la vida rural, creando, en conjunto con el timbre de la voz, una atmósfera que construye un imaginario del campo con un tinte erudito y en alguna medida celestial. La letra de la canción es un pedido a las flores para que guarden su secreto y sugiere que tiene sentimientos de amor por alguien, aunque no llega a revelar por quién. “A vosotras voy a confiaros, lo que guardo en mi corazón. Porque a nadie se lo he contado, que ha nacido en mí una pasión”.[11]

Figura 1

Figura 1 / Fotograma de El hechizo del trigal. María toca guitarra y canta.

Más adelante, José Manuel también expresa sus sentimientos a través de una canción, llevando a María una serenata (42:45 – 45:09). A diferencia de la canción de María, la letra verbaliza su amor por ella y la ilusión de que ese sentimiento sea recíproco. La última estrofa señala expresamente: “Dadme tu amor, dádmelo ya, quiero vivir”. María, que observa callada desde la ventana, luego de escuchar la canción rompe una carta que Roberto le había enviado, lo cual sugiere una preferencia por José Manuel. Al igual que en el caso anterior, la orquesta acompaña y el personaje canta y toca guitarra, aunque en su lugar escuchamos el arpa y cuerdas frotadas.[12]

Otro de los usos de una canción aparece cuando María y José Manuel tienen una conversación y, en lugar de acompañamiento orquestal, escuchamos dos guitarras interpretando una pieza folclórica y voces masculinas cantando a bajo volumen. El diálogo continúa con este acompañamiento y cuando la música se vuelve más rítmica de pronto vemos a tres huasos sentados en el medio del campo cantando, mientras la pareja aparece dando un paseo en bote (01:11:43 – 01:14:23). Se observa un juego con lo musical pasando de un plano no-diegético al diegético, pues retrospectivamente entendemos que la música que parecía un acompañamiento era en realidad parte de una interpretación que ocurría en la acción misma. A través de este procedimiento se añade una nueva capa a esta idealización del mundo rural, sugiriendo metafóricamente que la vida cotidiana puede estar acompañada por la música de huasos que están en cualquier lugar tocando sus guitarras.

En la última sección de la película, un conjunto folclórico interpreta cinco canciones casi sin interrupción en el contexto de la fiesta campesina que ofrece el patrón (01:24:24 – 01:36:15). Resulta difícil interpretar por qué se utilizaron tantas canciones seguidas, especialmente considerando que la información dramática durante la sección es muy poca. Apenas vemos a María entre los asistentes a la fiesta y, además de algunos brindis y el jolgorio general, es poco lo que se observa. La cámara se detiene a retratar a los músicos tocando, la gente disfrutando de la fiesta, e incluso la comida, el trago y las parejas bailando. Probablemente el objetivo de estos números no era entregar nueva información sobre los personajes ni la trama sino más bien producir un momento musical, quebrando temporalmente la narración. Este tipo de estructura se asemeja a algunas de las producciones musicales de Hollywood en los comienzos del cine sonoro, como por ejemplo The Broadway Melody (Harry Beaumont, 1929), en la cual los números aparecían hacia la segunda parte de la película.

Figura 2

Figura 2 / Fotograma de El hechizo del trigal. El conjunto folclórico tocando una tonada.

Pese a la escasez de acciones relacionadas a la trama principal en esta sección, son significativos los discursos entre canciones, reforzando una vez más la idealización de la vida rural. Los músicos agradecen y elogian al patrón, dedicando canciones a él y a María, construyendo un retrato de la vida campesina completamente ajena a conflictos de clase. Este discurso se vuelve hegemónico en el cine chileno de los años cuarenta y cincuenta, donde es posible reconocer estrategias narrativas muy similares.[13]

En relación a las piezas de acompañamiento, se distingue una melodía recurrente a lo largo de la cinta, que he definido como tema A (ver ejemplo 1), el cual aparece ya en los créditos construyendo una suerte de atmósfera de la película desde el primer minuto. Es una melodía en tono mayor donde las cuerdas frotadas son los instrumentos principales y, a través de un carácter dulce y apacible, establecen una atmósfera idílica. Algunas escenas más adelante, el tema A se convierte en la canción “Lo que guarda mi corazón”, que canta María mientras José Manuel y Roberto la observan. El personaje, simbólicamente, se apropia de la pieza para expresar sus sentimientos.

Ejemplo 1 - primeros compases tema A

Ejemplo 1 / Primeros compases del tema A.[14]

Algunas escenas más adelante, Roberto conversa con María e intenta besarla, pero ella lo rechaza con un empujón. En ese momento escuchamos un stinger, que es un sforzando que se suele utilizar en la música de cine para acentuar una acción determinada y transmitir tensión.[15] Luego del sonido inicial se oye una sucesión de melodías descendentes que llevan a una variación del tema A (35:10 – 36:00) en que se fragmenta la melodía y se transporta a un tono menor, como forma de representar el dolor de María que se siente atropellada por Roberto (ver ejemplo 2). El motivo de galopa seguido por una nota larga, sumado al motivo melódico idéntico, hace referencia al tema A, pero el carácter de la nueva pieza sugiere una ruptura de lo que hasta ese momento significaba la idílica representación de la vida rural. La intromisión de Roberto, el hombre de la ciudad, es representada a través de la música con dramatismo y un sentido trágico.

Ejemplo 2 - variación del tema A

Ejemplo 2 / Variación del tema A.

Hacia el final de la película, José Manuel camina por el campo y observa la mesa donde había dibujado un corazón con el nombre de María. De pronto nota que su propio nombre ha sido agregado al dibujo y se da cuenta así, de que María corresponde a su amor. En ese momento el tema A retorna, esta vez en una versión más cercana a la inicial, pero con un arreglo un poco más íntimo y dulce, en el cual la flauta toca la melodía acompañada de arpa y cuerdas frotadas muy suaves. El regreso del tema A simboliza el retorno al orden, donde la alteración provocada por Roberto es dejada atrás cuando la pareja se reúne. Es posible trazar una línea dramática de este tema A. Inicialmente la pieza abre la película, presentando el lugar donde la historia ocurre. Más adelante, María se apropia de la melodía llevándola al canto, donde se expresa el conflicto central de la cinta, que es la disputa entre los dos hombres por el amor de la mujer. La intromisión de Roberto quiebra el tema convirtiéndolo en una pieza fragmentada y oscura, pero finalmente esta se recupera y vuelve en su forma casi original para cerrar la historia con un final feliz.

Escándalo (1940)

Esta película cuenta la historia de una pareja de hermanos de una familia de clase media. Julián, el mayor, trabaja como periodista en el área de crímenes en un periódico mientras que Corina, su hermana, trabaja como secretaria para Emilio, un abogado. Los hermanos descubren los negocios ilegales entre Emilio y un hombre extranjero que lo visita. En paralelo, Julián conoce a Patricia, la hija de Emilio, e inicia con ella un romance. Luego de una serie de intrigas, nos damos cuenta que todo el conflicto que vimos correspondía a una ficción, pues un amigo cineasta de Julián lo había invitado a actuar en una película.

El uso de la música en Escándalo es particularmente diverso. Se incluye una gran variedad de técnicas para crear significado a través de lo musical a lo largo de la película. Durante la primera escena, por ejemplo, un mickeymousing acompaña la escena en que la empleada de la casa lleva una bandeja con desayuno a la habitación de Julián (01:07 – 02:19).[16] La música es alegre y graciosa, sincronizada con los pasos de la mujer. De pronto, cuando ella trata de esquivar un objeto del suelo, un glissando en los violines refuerza la acción. Luego, en la habitación, la música imita los ronquidos de Julián con unas notas agudas y disonantes tocadas en flauta, a las cuales responden unos bronces en el registro bajo. Cuando la empleada abre las cortinas, un glissando de arpa entra acompañando la luz que ilumina la habitación. Entonces, una dulce melodía representa los movimientos de Julián que está aún medio dormido mientras una trompeta con sordina imita la voz de la empleada tratando de despertarlo. Julián bosteza e intenta levantarse lentamente, pero cae a la cama de nuevo acompañado por un trombón que sigue sus movimientos. El uso del mickeymousing establece una inmediata conexión con la estética musical de Hollywood creando un vínculo desde la primera escena de la película. El manejo de este tipo de códigos funciona como una carta de presentación que vincula la película con las tendencias internacionales de música para cine.

Utilizando una estrategia similar, varias acciones o situaciones son acompañadas de pequeñas piezas musicales o simples motivos que ayudan a realzarlas. Por ejemplo, cuando Corina llega a su oficina, una breve pieza musical la acompaña, pero esta se interrumpe brevemente con unos pequeños acentos en las cuerdas para marcar la presencia de un gato sobre la mesa, en un tono cómico. De forma similar, cuando un hombre en la oficina observa lascivamente a Corina, la música acompaña la acción resaltando el lujurioso comportamiento. Otro de los usos de la música para destacar ciertas situaciones aparece cuando Corina es arrestada por la policía. La música es dramática, intensificando su tristeza, y en el momento en que ella sube al auto policial, un stinger acentúa la acción en el preciso momento en que se enciende el flash de la cámara fotográfica de uno de los periodistas que retratan la situación. De este modo, a través de lo musical se enfatiza la sensación de escándalo y vergüenza que está sufriendo el personaje.

Por otro lado, se observa un uso del leitmotiv para retratar a Mr. Benson, el extranjero que extorsiona a Emilio para realizar un negocio ilegal. La pieza, que aparece en cada escena en que este participa, tiene un carácter que establece de inmediato que el hombre es el villano de la historia (ejemplo 3). Es notable que la duración de las piezas y sus sucesivas variaciones sean muy precisas en relación a las acciones, lo cual contribuye a puntuar las escenas en forma clara. Cuando Benson entra a la oficina de Emilio, por ejemplo, la música termina e inmediatamente Corina anuncia al visitante a través de su altavoz (25:36 – 25:53). Más adelante cuando Corina recuerda a Benson, la música aparece nuevamente como una forma de referir al personaje (47:27 – 47:38). Si bien en cada aparición el tema tiene pequeñas variaciones, se preserva siempre el arpegio disminuido de los dos primeros compases (ejemplo 3). El intervalo de tritono en la melodía ayuda a establecer el carácter maligno del personaje desde lo sonoro, debido a la usual asociación entre el tritono y lo diabólico que ha sido extensamente utilizada en la música de cine.[17]

Ejemplo 3 - Leitmotiv Mr Benson

Ejemplo 3 / El leitmotiv de Mr. Benson.

Apoyándose en el uso de música como medio para referir a un lugar o una nacionalidad, se incluye un tango como símbolo de lo argentino cuando el jefe de Julián le pide investigar a Guillermo Richardson, un sujeto de esa nacionalidad.[18] En un primer momento la pieza, que es tocada por un bandoneón y pizzicatos en las cuerdas, suena a un volumen muy bajo, pero luego se torna más fuerte y rítmica contribuyendo al ritmo de la escena. La pieza elegida es “Mi Buenos Aires querido”, un tango muy popular de Francisco Canaro y su orquesta que había sido cantado por Carlos Gardel en la película Cuesta Abajo (Louis Gasnier, 1934). El uso de esta música produce una serie de asociaciones. Por un lado, la referencia al personaje argentino a través de un género asociado a esta nacionalidad, pero al mismo tiempo una referencia intertextual a la película y al cantante mismo, sobre todo considerando que cuando Julián sale de la oficina su aspecto es muy similar al de Carlos Gardel.

Figura 3

Figura 3 / A la izquierda Julián y a la derecha Carlos Gardel.[19]

Gardel era muy conocido en esos años en Chile y en Latinoamérica en general, no solo por su música sino también por su presencia en el cine. Metafóricamente, esta alusión establece un paralelo entre Escándalo y las películas en las cuales Gardel actúa, como un medio para señalar que el cine chileno podía alcanzar aquel estatus y estar al nivel de las grandes cintas en circulación. El cantante es también un símbolo de la modernidad y una figura que conecta los mundos de lo latinoamericano, Hollywood y Europa. En los comienzos del cine sonoro chileno este tipo de referencias adquiere un significado muy relevante.

Una segunda alusión al tango aparece más adelante en el plano diegético. Julián se recupera de un ataque que sufrió por parte de unos ladrones. Él y Patricia están escuchando la radio y de pronto el locutor presenta el mismo tango que antes escuchamos en el ámbito no-diegético, “Mi Buenos Aires querido”. La canción ayuda a Julián a recordar al argentino que su jefe le pidió investigar. La relación entre tango, Argentina y Gardel se establece nuevamente y en forma aún más explícita, pues esta vez la canción corresponde a una grabación del mismo Gardel. En la primera escena la alusión es más sutil porque el arreglo es instrumental y la referencia al cantante viene dada en forma más abstracta y reforzada por la similitud del vestuario de Julián. Mientras, en esta escena Gardel es nombrado por el locutor y su voz es escuchada cantando el tango.

Respecto a otros usos de lo musical, hay dos escenas en las cuales los personajes tocan instrumentos. En la primera Julián y Corina tocan el piano en su casa mientras conversan. La acción sugiere lo cercanos que son los hermanos. De pronto Julián recibe una carta y Corina continúa tocando mientras él lee. La pieza que Corina toca es bastante dramática, lo cual curiosamente refuerza el triste contenido de la carta. Esta supuesta coincidencia permite evitar un uso más obvio de música no-diegética para acompañar la lectura de la carta.

En la segunda escena Corina toca el piano mientras su familia está en el comedor cenando. Enrique, el hermano menor de la familia, comenta lo extraño que se comporta su hermana últimamente, señalando las extrañas piezas que toca. Su madre le dice que no sea ignorante, y que la pieza es un nocturno de Chopin (efectivamente es el Nocturno op. 15, N°2). Enrique, que no queda satisfecho con la respuesta, se pregunta: “¿Por qué no aprende a tocar música moderna como ‘El rancho grande’?”. Esta es una alusión explícita a la película mexicana Allá en el rancho grande (Fernando de Fuentes, 1936) y a su canción principal. La asociación entre esta cinta y Enrique, que es un adolescente no muy inteligente al que le va mal en el colegio, sugiere una visión bastante crítica hacia la película mexicana. El reto de la madre y la sofisticación de Chopin como contraparte, funcionan como una crítica al público que disfrutaba Allá en el rancho grande, como una suerte de reclamo en favor de un gusto más refinado. En términos de edición es notoria la asociación que se busca establecer pues la mención a la cinta mexicana se escucha exactamente sobre un primer plano de la libreta de notas de Enrique, que evidencia su mal rendimiento académico.

No conforme con esta crítica al cine mexicano, el director introduce más adelante una sección que también funciona como crítica. La familia protagonista viaja al campo, pero de pronto el automóvil falla y Julián parte caminando a buscar ayuda. En el camino escucha una voz femenina que canta una tonada, comienza a seguirla y encuentra a Patricia, que está vestida como una muchacha de campo, cantando y tocando la tonada en guitarra (ejemplo 4). Cuando la canción termina inician una conversación que se interrumpe abruptamente por una voz diciendo: “¡corten!”. Así nos damos cuenta de que lo que veíamos era parte de la filmación a la cual Julián había sido invitado. La cámara muestra todo el aparataje técnico de la filmación y se observa al director, el camarógrafo y otros técnicos que preparan el set para la próxima toma.

Figura 4

Figura 4 / Fotograma de Éscandalo. La ficción se revela.

La escena llama la atención no solo por recurrir al recurso meta-cinematográfico, sino también porque representa una parodia de las películas enfocadas en la vida rural, especialmente de El hechizo del trigal, que había sido estrenada un año antes. Las similitudes son varias, pues la trama de la escena es muy similar a una escena de El hechizo del trigal: un hombre de la ciudad que viaja al campo y conoce a una mujer que, en ambos casos, toca una tonada, un género usualmente asociado con las películas que retratan la vida rural. En un momento vemos a un campesino mirando alelado a la cantante, parodiando a José Manuel en El hechizo del trigal cuando observa a María. Además, vale la pena mencionar que no hay hasta ese momento en Chile otra película con una trama tan parecida.[20]

Escándalo es una historia que ocurre en la gran ciudad, con conflictos y personajes de las clases medias y altas que ven la vida rural simplemente como un pasado pintoresco. La escena en el campo es una salida de la trama que solo se justifica cuando se revela que es un recurso meta-cinematográfico. La inclusión de esta escena en la película claramente responde a una intención satírica. Jorge Délano, el director, fue promotor de un cine que evitaba los retratos costumbristas, por lo tanto, resulta evidente que esta alusión a lo folclórico está cargada de un tono de burla hacia una estética que él desaprobaba.[21]

Sin embargo, Délano parece aprovechar la inclusión de este número musical, utilizando la tonada cantada por Patricia más adelante como una forma de representar al personaje. En la escena en que Julián está en casa, la canción se oye a través de la radio, en una versión un poco más elaborada y cantada a dos voces, pero manteniendo el estilo con el que la cantó Patricia. Julián observa la radio con un gesto de amor, como una forma de sugerir que la canción le recuerda a Patricia. En ese mismo momento, esta aparece para visitarlo y ambos conversan con la canción de fondo, como un romántico acompañamiento. La aparición de la tonada a través de la radio encarna muy bien el proceso de mediatización de los géneros folclóricos en la época. De alguna forma, la película sintetiza la popularización de estos géneros que tuvieron origen en el mundo rural, pero que en ese momento ya habían sido masificados a través de los canales de las industrias de la música de la época.

Ya hacia el final de la película, la canción aparece nuevamente, pero ahora en el ámbito del acompañamiento no-diegético, cuando vemos un periódico que anuncia el matrimonio entre Patricia y Julián acompañado por una fanfarria que crea un clima de alegría por la noticia. La melodía corresponde a las primeras notas de la marcha nupcial de Richard Wagner a las que se agregan a continuación los primeros compases de la tonada de Patricia (ejemplos 4 y 5).

Ejemplo 4 - Tonada de Patricia

Ejemplo 4 / La tonada de Patricia. Fragmento del estribillo.

Ejemplo 5 - Marcha nupcial y tonada

Ejemplo 5 / La marcha nupcial junto a la tonada de Patricia.

La unión entre los personajes es representada a través de la música conectando la melodía asociada con Patricia y la marcha nupcial, que en esos años ya era uno de los recursos característicos para simbolizar matrimonios en la música de cine.[22] Luego, mientras la música continúa mezclando la marcha y la tonada, vemos a la misma empleada del comienzo de la película, pero esta vez vestida con un traje más elaborado y preparando un desayuno para la pareja en el cual los elegantes utensilios revelan el ascenso social de Julián (01:12:02 – 01:12:41). La música que acompaña alude nuevamente a la tonada de Patricia, estableciendo su presencia en la habitación, aunque no vemos al interior de esta. Mediante este procedimiento, la música concluye la película con la unión de la pareja en un final feliz.

Recepción y crítica

Respecto al estreno de El hechizo del trigal, la crítica destacó que se incluyera música especialmente compuesta para la película.[23] La crítica valoró además el trabajo del compositor Próspero Bisquertt, destacando “una magnífica orquestación” y señalando, a modo de comparación, que su “guion musical” es “superior al de muchas producciones no solo argentinas y mexicanas sino yanquis”.[24] Como vemos, la comparación con las industrias argentina y mexicana aparecía repetidamente en las críticas de la época, como un modo de medirse con las películas en español que llegaban al país y, al mismo tiempo, revelando la ambición de que el cine chileno se convirtiera también en una industria exitosa.

En términos de la música, otra de las críticas lamentaba la ausencia de alguna canción “de trascendencia”,[25] mientras otro de los críticos, compartiendo este punto de vista, fue aún más lejos sugiriendo canciones específicas que podrían haber sido incluidas, como por ejemplo “Así es mi suerte”, una tonada de Luis López que había sido popularizada por el conjunto Los Cuatro Huasos.[26] Es interesante que rápidamente esta crítica fue recogida por otros realizadores que comenzaron a incluir música de este conjunto en sus películas. La presencia de canciones se convirtió en uno de los recursos más utilizados por los cineastas de la época en años sucesivos y el foco estuvo prioritariamente puesto en cantantes y conjuntos de la llamada Música Típica. Otro de los puntos débiles según uno de los críticos, fue el excesivo número de danzas incluidas en la película. En un comentario que deja ver muchas de las preocupaciones y expectativas en torno al cine chileno en la época, señala:

Hay también un amontonamiento de expresiones populares que no está bien. ¿Qué costaba haber distribuido los bailes, por ejemplo? Después de un rodeo, muy bien filmado, tenemos tres cuecas consecutivas, lo que es mucho, sobre todo para quienes no conocen ni aman nuestro baile nacional. Creemos que en vez de despertar interés por la cueca (en el extranjero, naturalmente) se logrará el efecto contrario, una especie de intoxicación de ella. La música bien, salvo las canciones, que son algo descoloridas. Desde luego, no hay ninguna capaz de pegarse al oído de los extranjeros como se nos han pegado a nosotros “Allá en el rancho grande” y tantas otras.[27]

La sobrecarga de canciones en la parte final de la película molestó al crítico de Ecran, pero es importante mencionar que críticas similares aparecieron en Hollywood respecto a los musicales de comienzos de la década del treinta, señalando que “los números musicales habían sido insertados muy abrupta y torpemente dentro de la narrativa existente” (Slowik 2014, 161). Al parecer, esta desaprobación fue haciendo eco en los cineastas chilenos que, en las siguientes producciones, incluyeron números musicales generalmente en forma más distribuida, e incluso hubo esfuerzos de conectarlos más dentro de la narrativa principal.

La preocupación del crítico de Ecran se basaba, en parte, en el interés que podría haber generado la cueca en el extranjero. Probablemente, en el medio nacional se pensaba que con la internacionalización del cine chileno podrían exportarse algunos géneros folclóricos chilenos, tal como ya ocurría con la música mexicana que se hacía popular en Latinoamérica a través del cine. No es casual, en ese sentido, la explícita mención a Allá en el rancho grande, que fue un enorme suceso en Chile. Incluso uno de los críticos señaló que El hechizo del trigal estaba basada en la trama de la cinta mexicana,[28] aunque comparando ambas películas, si bien hay un número de similitudes, más que una misma trama lo que se observa es una inspiración respecto a un modo de hacer cine.

La mayoría de las críticas de El hechizo del trigal señalaron la deficiente sincronización de sonido. Estos comentarios revelan hasta qué punto un cierto estándar de calidad sonora y sincronización ya se había establecido como norma en el medio cinematográfico local. Luego de casi una década viendo películas sonoras internacionales, la audiencia chilena y la crítica exigían un tipo de sincronización y fidelidad que probablemente tenía a Hollywood como punto de referencia.

Por otro lado, la mayor parte de las críticas no hicieron mención a la música de Escándalo. Una reseña mencionó que el acompañamiento musical era “ruidoso” durante las primeras escenas, que “dan la impresión, por la falta de diálogos, de que la película no es hablada, sino solo sincronizada con efectos sonoros”.[29] El comentario alude sin duda a la escena en la que se utiliza el mickeymousing como acompañamiento musical, lo cual revela un posible desconocimiento de este recurso en el medio local. Si bien la crítica no mencionó otros elementos musicales de Escándalo, en una nota previa al estreno de la película, se comentaba que la cinta no utilizaría música folclórica:

Parece que Escándalo ha eliminado casi totalmente la intervención de la parte folklórica. Un atinado gesto de Coke[30] que va a probar que puede obtenerse una producción sin que nos salgan a cada momento al encuentro guitarras criollas, desbordando tragedias campestres que no siempre convencen.[31]

Al parecer, parte de la crítica ya veía con malos ojos la utilización de géneros folclóricos y retratos costumbristas en el cine nacional. Este conflicto entre lo rural y lo urbano, se hará aún más presente entrada la década del cuarenta, sobre todo en la oposición entre cineastas independientes que intentaban desarrollar un cine siguiendo el éxito de las películas costumbristas mexicanas y el proyecto cinematográfico de Chile Films, que apeló a evitar dichos localismos en favor de tramas de carácter internacional.

No es extraño constatar la ausencia de menciones a la música de Escándalo, considerando que esta cinta utiliza mayoritariamente música no-diegética, que rara vez fue foco de atención para los críticos del periodo. Las menciones aparecían casi exclusivamente cuando había algún tipo de número musical. Esto puede explicar en parte el hecho de que muchos cineastas decidieran incluir estas performances en sus cintas. La inclusión de canciones se volvía una herramienta para llamar la atención de la crítica y generar una estrategia comercial en vínculo con las industrias de la música.[32]

Dos caminos para el cine chileno y su música

El hechizo del trigal y Escándalo ofrecen dos visiones diferentes de la práctica cinematográfica de comienzos de la era sonora. Sus tramas, locaciones, recursos técnicos y lenguajes son radicalmente diferentes. Escándalo muestra una construcción dramática más compleja, con muchas conexiones entre los personajes, mientras El hechizo del trigal sigue una forma más sencilla, donde la trama incluye menos personajes y las relaciones entre ellos son más obvias.

En términos sonoros, ambas cintas poseen una gran cantidad de música, aunque su uso varía considerablemente de una cinta a otra. El hechizo del trigal utiliza un pequeño número de piezas orquestales en el ámbito no-diegético, las cuales refuerzan escenas específicas y funcionan como transiciones entre escenas, mientras los números musicales son los que tienen un rol más importante a lo largo del filme, tanto los que utilizan acompañamiento no-diegético, como aquellos interpretados en la acción misma por el conjunto folclórico. Por el contrario, la música de Escándalo transita por distintos ámbitos, incluyendo un gran número de piezas no-diegéticas que apoyan escenas, refuerzan sentimientos y emociones, y entregan información sobre los personajes, así como también música diegética interpretada por los mismos personajes, canciones que aparecen desde la radio e incluso un número musical.

Ambas cintas utilizan una pieza para identificar al personaje femenino principal, sin embargo, el proceso de identificación es mucho más complejo en el caso de Escándalo, asociándolo con otras piezas y transitando por distintos momentos de la trama. En general la música de esta última cinta está más imbricada en la narrativa y contribuye a crear significados específicos.

Si bien es difícil establecer corrientes muy definidas considerando que el desarrollo del cine chileno en esos años era muy incipiente, es posible señalar que los mundos propuestos por estas dos películas representan dos modos de entender y hacer cine en Chile a comienzos de la era sonora. Estas cintas tomaron distintos modelos del medio cinematográfico internacional y constituyeron, a su vez, referentes para las películas chilenas venideras. El hechizo del trigal parece mirar sobre todo hacia el cine mexicano, especialmente luego del éxito de Allá en el rancho grande, poniendo el énfasis en los números musicales más que en el acompañamiento musical. Por otro lado, Escándalo es una cinta muy cercana al cine hollywoodense, cuya música da cuenta de un manejo muy claro de las convenciones del acompañamiento musical del cine clásico norteamericano.[33]

A su vez, ambas cintas prefiguran la oposición entre las estéticas de lo urbano y lo rural que fue central en el cine de los años cuarenta y cincuenta en Chile. Mientras El hechizo del trigal retrata un universo rural idealizado mediante canciones folclóricas, costumbres locales y fiestas típicas, Escándalo narra los avatares de la vida moderna en la ciudad e incluso se da el tiempo de ironizar respecto a cómo la gente de la ciudad hace películas sobre la vida rural. Ambos proyectos serán continuados en las décadas venideras y sus estilos pueden ser rastreados en las realizaciones posteriores. Por una parte, cineastas independientes como José Bohr y el mismo Eugenio de Liguoro, que darán forma a un cine de huasos (Santa Cruz 2014, 26) en que se exaltan los elementos de lo nacional y la vida rural, incluyendo conjuntos de huasos, cuecas y tonadas. Por otra parte, el cosmopolitismo de Chile Films y su intento de producir cintas que evitaran los localismos y pudieran adscribirse en una suerte de neutralidad internacional, siguiendo de cerca el modelo clásico de acompañamiento musical desarrollado en Hollywood.

Conclusiones

A través de este artículo me he propuesto contribuir al estudio de la música en el cine chileno mediante un análisis de dos películas producidas en Chile a comienzos de la era sonora, que fue un periodo de definiciones significativas para su desarrollo. Mediante estos casos específicos propongo un enfoque para el estudio de la música en el cine chileno que incorpora tanto el aporte de lo musical en el ámbito interno de las cintas, es decir en su trama y narrativa, así como también desde un punto de vista externo que contempla las circunstancias históricas en que estas producciones fueron realizadas y las discusiones y definiciones estéticas que tenían lugar en el momento de su estreno y difusión.

Dado que el estudio de la música en el cine suele estar determinado por la elección de casos específicos que nos permitan profundizar en ellos y extraer conclusiones, me parece fundamental seleccionar cintas que puedan dar cuenta de procesos más amplios y no se limiten a casos excepcionales. En este sentido, considero que la comparación entre Escándalo y El hechizo del trigal permite indagar en una serie de elementos que trascienden los filmes mismos para comprender algunas de las definiciones que estaban teniendo lugar en la época y aproximarse a las continuidades que estas cintas generaron.

Las definiciones identitarias en un contexto socio-político complejo cruzado por grandes transformaciones en la vida de los chilenos, se refleja en la producción cinematográfica de la época y la música forma parte de esa construcción no solamente acompañando y reforzando ideas, sino articulando una serie de significados en vínculo con la imagen.

En cuanto a los aspectos específicos, el análisis propuesto demuestra la importancia de contemplar no solamente la música compuesta especialmente para las películas, sino también el uso de músicas preexistentes y la interpretación en el ámbito diegético de canciones y piezas instrumentales. La imbricación de los distintos niveles en que lo musical aparece en las cintas muestra que el usual desmedro hacia las músicas preexistentes se traduce en un análisis incompleto del fenómeno musical en el cine.

El modelo de acompañamiento musical desarrollado en Hollywood se convirtió rápidamente en un símbolo de modernidad y sofisticación y el uso de sus técnicas constituyó un medio para los cineastas locales y sus equipos a la hora de mostrar que estaban al día en términos estéticos y podían, por tanto, alcanzar el estatus de las películas internacionales. Por su parte, las cintas ligadas a lo folclórico construyeron un fuerte discurso de la nostalgia y la idealización de la vida rural, en conexión con la popularización de los géneros folclóricos ligados al proyecto estético de la Música Típica. Siguiendo la fórmula de las cintas mexicanas que lograron éxito retratando el costumbrismo local, una porción de cintas locales incluyó un gran número de canciones y números promoviendo este nacionalismo rural, distanciándose del modelo hollywoodense en favor de la exaltación de identidades locales.

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Filmografía

De Liguoro, Eugenio. 1939. El hechizo del trigal. 102 minutos. Acceso: 22 de julio de 2018. http://www.ccplm.cl/sitio/el-hechizo-del-trigal/

Délano, Jorge. 1940. Escándalo. 74 minutos. Acceso: 22 de julio de 2018. http://www.ccplm.cl/sitio/escandalo-3/



[1] Este artículo forma parte de la tesis doctoral del autor, que estudia la música en el cine chileno en el periodo 1939-1973, con énfasis en aspectos de identidad y política.

[2] Debido a su reciente publicación, al cierre de este artículo no he podido acceder al libro completo. Parte de su trabajo puede rastrearse en avances informales que hicieron a través de internet en 2015 y 2016.

[3] Para un análisis de los efectos de la Gran Depresión en Chile ver Vergara (2014).

[4] Para un estudio de la revista Ecran ver Mouesca (1997, 57-107).

[5] Esta y las sucesivas traducciones son de mi autoría.

[6] Marcelo Morales (2013) ha sugerido que los años treinta fueron más bien una “década bisagra” entre dos de las décadas más prolíficas del cine chileno, que son los años veinte en el esplendor del cine mudo y los años cuarenta en la consolidación del sonoro.

[7] Contrastando las estadísticas anteriormente mencionadas por Purcell (2010, 495) y la información disponible en www.cinechile.cl respecto a estrenos nacionales, vemos que, por ejemplo, de 444 estrenos en 1940, entre los cuales alrededor de un 10%, es decir un poco más de cuarenta, corresponden a películas latinoamericanas, solamente tres serían chilenas.

[8] Un análisis sobre este proceso se encuentra en Jarvinen (2012) y un ejemplo específico en Horta (2015, 158).

[9] Ambas cintas se encuentran disponibles en el archivo virtual de la Cineteca Nacional. El minutaje mencionado corresponde a dichas versiones.

[10] El hechizo del trigal fue la segunda película sonora estrenada en Chile, mientras que Escándalo fue la sexta.

[11] Esta canción fue impresa como partitura por la Casa Wagner, en una versión para piano bajo el título de “Lo que guarda mi corazón”, haciendo énfasis en que se trataba de una de las canciones de la película. Es importante considerar que muchas de las canciones de películas del periodo aparecieron editadas en partitura, además de circular a través de la radio, contribuyendo así no solo a la difusión de la cinta sino a la retroalimentación entre las industrias de la música.

[12] La serenata funciona como una de las estrategias para la representación de canciones interpretadas por los personajes. El cine mexicano, y particularmente Allá en el rancho grande (Fernando de Fuentes, 1936), una de sus películas más exitosas en Latinoamérica, popularizó su uso. Para un estudio de dicha cinta y su música ver Ávila (2011, 197-255).

[13] Recién a fines de los cincuenta, pero sobre todo desde la década del sesenta, comenzaron a aparecer miradas críticas hacia esta construcción idílica de lo rural en el cine nacional.

[14] Todas las transcripciones son de mi autoría.

[15] Buhler, Neumeyer y Deemer señalan que el stinger es un acorde fuerte, usualmente disonante que se utiliza como medio para puntuar diálogo, pero que puede funcionar también como acento sonoro de acciones. “Son metáforas audibles de un estado sicológico particular y una gran ayuda para leer expresiones, especialmente faciales” (2010, 87).

[16] Una técnica muy común en el cine, mediante la cual la música imita muy de cerca las acciones, en el estilo de los antiguos dibujos animados (por eso su nombre), y se difuminan los límites entre la música y los efectos de sonido (Buhler, Neumeyer y Deemer 2010, 85).

[17] Para una exploración sobre el uso del tritono en asociación con la idea del crimen ver Tagg (1998).

[18] Curiosamente, los dos villanos son extranjeros. Mr. Benson, quien, si bien no conocemos su nacionalidad, sabemos por su apellido y su acento que es un extranjero del mundo anglo, mientras que Guillermo Richardson, es argentino. La película adhiere a un imaginario nacionalista en el cual las amenazas y peligros provienen del extranjero en forma similar a lo que ocurre en Hollywood donde los villanos son usualmente “el otro”.

[19] Este montaje corresponde a un fragmento de un fotograma de Escándalo y a una fotografía de Carlos Gardel disponible en www.bloomsburypopularmusic.com/

[20] Solo tres películas se estrenaron entre El hechizo del trigal y Escándalo: Dos corazones y una tonada (1939), Hombres del sur (1939) y Entre gallos y medianoche (1940).

[21] En una entrevista en 1939, Délano era enfático en señalar la necesidad de no sobrecargar al cine nacional de jerga local, huasos y retratos regionales sino enfocarse en hacer películas que pudieran alcanzar los mercados internacionales (“Jorge Délano conversa con Raúl Cuevas respecto al cine chileno”. 1939. Ecran 451, 12 septiembre, 11 y 25). Su enfoque prefigura el que Chile Films desarrolla en los años cuarenta en términos de evitar las referencias locales y apuntar a tramas que trascendieran lo nacional.

[22] Según Rick Altman, la marcha nupcial de Wagner, junto a la de Mendelssohn, aparecían ya en 1911 como parte de una compilación de músicas para acompañar el cine publicada en Nueva York (2004, 259).

[23] De hecho, esta es la primera cinta chilena de la era sonora con una música especialmente creada, pues Norte y Sur (1934) no contó con un compositor.

[24] Muñoz, Hernán. 1939. “El hechizo del trigal hace prever un futuro esplendoroso para la cinematografía chilena”. Ercilla, 5 de mayo.

[25] Carlos del Mudo. 1939. “Carlos del Mudo, el ex director de películas chilenas, opina sobre El hechizo del trigal”. Ercilla, 28 de abril.

[26] Juan Cristóbal. 1939. “Control de estrenos: El hechizo del trigal”. Ecran 433, 9 de mayo, 27.

[27] Ídem.

[28]El hechizo del Trigal. En los teatros Central y Santa Lucía”. 1939. Hoy, 4 de mayo.

[29] “Control de Estrenos: Escándalo”. 1940. Ecran 492, 25 de junio, 10.

[30] “Coke” era el apodo con el cual se conocía a Jorge Délano.

[31] “En torno al cine nacional”. 1940. Ecran 467, 2 de enero, 18.

[32] Más sobre vínculos entre industrias musicales y cinematográficas en González y Rolle (2005, 226-256).

[33] Cabe recordar que Jorge Délano había viajado a Hollywood en 1930 con el apoyo del gobierno de Carlos Ibañez del Campo para conocer de primera fuente las técnicas del cine sonoro.

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