Resonancias: Revista de investigación musical

ISSN 0719 - 5702 (en línea); ISSN 0717 - 3474 (impresa)

N°50 /

Junio 2022

Portada Resonancias nº50 2022-p

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Cartas para Carmen: dossier de agradecimiento a la maestra, con cariño

Various authors

Resonancias vol. 26, n° 50, diciembre-junio 2022, pp. 217-230.
DOI: https://doi.org/10.7764/res.2022.50.11
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Solemos homenajear a las personas, en la academia y en nuestras vidas, cuando ya no están. Sin embargo, parece mucho más razonable, como se hace en otros lugares, agradecer, retribuir o mostrar nuestro aprecio por ellas en el momento preciso: por ejemplo, en el rito de paso, de transición, de dejar la institución en que por tantos años trabajó, formó y dejó huella. Queremos destacar y retribuir a una persona que, si bien hoy deja de formar parte de la planta docente del Instituto de Música, durante varios años ha realizado una labor fundamental en la institución. Tanto como profesora, editora y administradora, así como desde su lugar de colega, amiga y mentora. La Carmen Peña, también llamada Carmela o Carmencita por sus amigos más cercanos, la miss Carmen, “la profe”, la “soa” Carmen o sencillamente la Carmen, como le llamamos quienes hemos sido sus estudiantes y colegas, deja las aulas del Campus Oriente para dedicarse a otros quehaceres que tantas veces ha tenido que postergar por falta de tiempo.

Con este propósito, entonces, Resonancias publica este informal dossier conmemorativo, que recopila recuerdos de quienes hemos sido sus colegas, amigos y amigas, ayudantes y sobre todo discípulas –así, discípulas en femenino– como una forma de agradecerle y de mostrarle el cariño que sentimos por ella. Sabemos que no le gusta demasiado la idea –como ella siempre dice, un poco en serio y un poco en broma, “cuando le ponen tu nombre a una calle, sales en un puzzle del diario o te dan un premio, es que ya estás cerca de la tumba”–, pero también creemos que este es un reconocimiento merecido y necesario.

Esto no es una despedida: los textos se concentran especialmente en las diferentes formas en que la Carmen ha sido importante en nuestras historias y en la musicología nacional, y también en las muchísimas anécdotas que a estas alturas acumulamos quienes hemos tenido el honor de estar cerca de ella. Porque la Carmen no solo es una maestra generosa, desprendida, pitonisa y un poco bruja, sino también una mujer con la risa a flor de labio y una gran contadora de historias. Esa combinación hace que sus clases y su conversación sean siempre tan entretenidas como cautivantes.

No es casualidad, tampoco, que varios de los que hemos comenzado como sus alumnos o alumnas, hemos sido luego sus ayudantes, y más tarde nos hemos dedicado a la investigación y a la docencia siguiendo sus pasos, muchas veces con sugerencias de temas propuestos por ella. Algunos y algunas fueron incluso descubiertos o motivados por ella para dedicarse a la investigación o a la música en general, o para cambiar la música por otros intereses. Hemos recopilado aquí los escritos de un puñado de invitados e invitadas, partiendo por algunos de sus colegas, como son Luis Merino, Juan Pablo González y Alejandro Vera, continuando con quienes fueron primero sus estudiantes, para luego convertirse también en profesionales en la musicología. Comenzamos por Daniela Banderas, una de sus primeras discípulas y terminamos con Tamara Bulicic, la última y más joven. Sin seguir un orden en particular, entre ambos trabajos se encuentran los saludos de musicólogos y musicólogas, docentes, así como de estudiantes y exestudiantes que fueron sus ayudantes: Christian Spencer, Daniel Party, Valentina Salinas, Malucha Subiabre, José Manuel Izquierdo, Daniela Maltrain, Daniela Sepúlveda, Macarena Robledo y Ana María Díaz. Todos y todas quienes escribimos aquí hemos recibido de Carmen una tradición de musicología en el IMUC, heredada a través de ella desde Samuel Claro, y con ello también su legado personal, de vivencias, recuerdos, experiencias y consejos. Esta matriarca desprendida que se ha dedicado a enseñarnos solo pidiendo a cambio que continuemos esa tradición de enseñar y de crear redes amorosas de contención para los y las jóvenes que se inician en el camino de la investigación.

Querida Carmen: tenemos la certeza de que aprovecharás con creces todo el tiempo que ahora tendrás para ti y tus proyectos, pero también ten claro que siempre vamos a necesitar de tu guía, tu consejo, tu oráculo y tus historias.

Malucha Subiabre

José Manuel Izquierdo

 

Agradezco la invitación de Malucha Subiabre y José Manuel Izquierdo para participar en este homenaje. Nuestro primer encuentro con Carmen se remonta a la época en que ella cursó sus estudios en la licenciatura en Musicología, que ofreció la entonces Facultad de Ciencias y Artes Musicales y de la Representación de la Universidad de Chile, un programa que me correspondió dirigir entre 1974 y una parte de la década de los ochenta.

Además de Carmen, estudiaron en este programa un grupo de jóvenes de quienes guardo hermosos recuerdos: Silvia Herrera, Denise Sargent, Juan Pablo González, Rodrigo Torres, Víctor Rondón y Juan Cortés. Entre los profesores participaron la Dra. María Ester Grebe, Samuel Claro, Cirilo Vila, Miguel Letelier, Luis López y Santos Rubio, entre otros.

En su ulterior desempeño académico y profesional, estos jóvenes propiciaron una importante renovación de la musicología en el país. Significativo fue el considerar a la música popular urbana como un objeto de estudio musicológico tan válido como cualquier otra práctica musical. Impulsaron nuevos enfoques de la cultura musical en Chile desde la Colonia hasta el siglo XX. Para este efecto, concibieron tópicos como el de tradición y vanguardia y los universos músico-poéticos en la música chilena del siglo XX, y pusieron sobre el tapete a voces ausentes hasta entonces en el relato musicológico nacional.

Por su parte, Carmen instaló en su tesis de grado, completada en 1982, a la hemerografía como un área de estudio musicológico, mediante una acuciosa investigación de los aportes de las revistas Aulos y Marsyas durante la etapa de inicio de la institucionalidad universitaria de la música en nuestro país. Posteriormente dio a conocer la importancia del Concurso Anual de Composición, al que convocara en esa época el Instituto de Música de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Gradualmente expandió su mirada hacia la iconografía y la cueca, con el profesor Samuel Claro. También abordó a la crítica musical como objeto de estudio musicológico, y ha investigado las contribuciones de músicos chilenos, tanto aquellos reconocidos en nuestro medio, como otros injustamente olvidados.

Estoy cierto de que muchas generaciones de estudiantes, tanto de la Pontificia Universidad Católica de Chile como de otras instituciones, se han enriquecido con su enseñanza. Personalmente, le agradezco todo el aporte que desinteresadamente le ha brindado a la Revista Musical Chilena, sin perjuicio de subrayar la importante labor desarrollada en la revista Resonancias.

Finalmente le expreso a Carmen mi certeza de que en cualquier actividad y proyecto que ella decida realizar de ahora en adelante, estarán presentes su talento, su gran don de gentes, su claridad y capacidad de organización, y ese sentido positivo y proactivo hacia la vida, que ha permitido a los que hemos tenido el gusto de conocerla, sentir que todo es finalmente posible si uno así se lo propone.

Luis Merino Montero

 

Estudiar musicología en Chile en los años setenta tenía algunas particularidades. La principal era que los cursos podían tener uno o dos estudiantes por generación, como fue mi experiencia, ya que la única compañera que tuve fue, justamente, Carmen Peña. Ella había estudiado pedagogía en Música y yo Guitarra y algo de Teatro, pero ahora nos unía un amplio horizonte abierto por maestros como Samuel Claro, María Ester Grebe, Raquel Bustos, Luis Merino y Cirilo Vila. Con Carmen, además, vivíamos en el mismo barrio, de modo que compartimos largos recorridos en el transporte público de vuelta a casa. No recuerdo bien nuestras conversaciones, pero, debido a que pensábamos diferente, había temas que no tocábamos, lo que restringía un poco nuestros intercambios.

Compañeros de universidad, vecinos y luego colegas en el Instituto de Música de la UC, donde Samuel Claro nos llevó. Compartíamos una minúscula oficina a la entrada del corredor de salas de clases individuales del IMUC, y fue allí donde participamos en dos proyectos a los que nuestro profesor nos había invitado a colaborar: el de iconografía musical chilena y el de la cueca urbana, de acuerdo a las enseñanzas de Fernando González Marabolí. Recibir las visitas de este matarife, cultor y estudioso de la cueca urbana en la diminuta oficina del IMUC era todo un acontecimiento. Venía bien vestido y su modo de expresarse recordaba al de Pinochet. Con Carmen escuchábamos atentos y algo intimidados sus enseñanzas, y nunca nos animamos a visitarlo en sus territorios del barrio Matadero, ni fuimos a los bares de la calle Franklin a los que nos invitaba. Nos faltó espíritu etnográfico, de lo cual me arrepiento, pero además, estaba partiendo a Estados Unidos, donde me esperaba un doctorado.

Recuerdo la grata sorpresa que me brindó Carmen al momento de emprender mi viaje a la UCLA: un álbum de fotos de Chile y una copia en casete de Giros (1985) de Fito Páez, quizás la mejor producción de este gran músico argentino. Realmente me emocionó su gesto y esas canciones fueron un hilo vital con la patria grande durante mi ausencia.[1] A Carmen no le interesaba Estados Unidos y le daba un poco lo mismo lo de los doctorados, así que no fue mucho lo que pude compartir con ella a mi regreso. Es así como, cambiando radicalmente de tema, un día me dijo: “Juan Pablo lo que deberíamos hacer es una Licenciatura en Musicología”. Y la hicimos. La Universidad de Chile estaba cerrando la suya y quedábamos huérfanos de una formación de base en nuestra disciplina. Es así como esa propuesta de Carmen sigue dando tan buenos frutos para la musicología nacional. Cuando me tuve que ir por segunda vez del IMUC y en forma definitiva, creo que ella lo sintió, aunque no lo conversamos demasiado en ese momento. Ahora es su turno de marcharse, el momento de descansar y de preparar sus ricas mermeladas, como siempre lo anunció.

Juan Pablo González

Son muchos los atributos que podría destacar de Carmen Peña como persona y colega. Su franqueza, su espíritu crítico y su capacidad de trabajo son algunos de ellos. Sin embargo, quiero referirme a un aporte mucho más concreto que realizó durante su trayectoria académica y que se relaciona directamente con la posición desde la que escribo estas líneas: me refiero a su rol crucial para que Resonancias pudiese persistir en el tiempo y consolidarse como una revista de prestigio en el ámbito latinoamericano.

En efecto, Carmen integró el comité editorial de la revista desde su aparición en noviembre de 1997 y por cerca de quince años. Durante este período trabajó codo a codo con su entonces director, Alejandro Guarello, primero para asegurar la viabilidad de la revista y luego para elevar progresivamente su nivel en términos de cantidad y calidad. Más aún, desde el número 11 (noviembre de 2002) al número 31 (noviembre de 2012) desempeñó el rol de editora. En esta condición le correspondió llevar adelante el pesado proceso de revisión editorial y gestionar las propuestas que la revista recibía, tanto si eran publicadas como si no lo eran. En realidad, se trataba mayormente de encargos que ella misma realizaba a los autores, algo imprescindible cuando las revistas académicas aún están en su etapa fundacional. Y todo ello mientras impartía cursos masivos, asumía otros cargos de gestión, asistía a congresos y publicaba los resultados de sus propias investigaciones en diversas revistas y espacios académicos.

Uno de aquellos encargos recayó en mi persona y me llevó a publicar, en el número 18 (mayo de 2006), un primer y breve artículo sobre el manuscrito “Cifras selectas de guitarra” de Santiago de Murcia. Yo había encontrado esta fuente un par de años antes, la Universidad la había adquirido a comienzos de 2005 y a Carmen le pareció que la noticia debía ofrecerse en la revista de nuestro Instituto. Recuerdo que, luego de haberse publicado el texto, me dijo algo parecido a esto: “interesante artículo, pero no sé si Resonancias debe destinarse a enterarnos únicamente de los gustos musicales de Felipe V y compañía”. En estos años, el énfasis de la revista estaba puesto en lo latinoamericano, más que en lo español o iberoamericano.

Disentí de sus palabras, quizá porque, como estudioso del período colonial, siempre me pareció que Hispanoamérica y España formaban parte de una misma cosa. Sin embargo, a la larga me sirvieron para comprender que necesitaba investigar más y mejor la vinculación entre el manuscrito y el contexto colonial, algo que intenté hacer en publicaciones posteriores.

La anécdota ilustra bien dos de las características de Carmen como colega que mencionaba al inicio: su franqueza y su espíritu crítico, aunque siempre bien intencionado. Por algo ya comienza a extrañársele en el Instituto.

Alejandro Vera

 

Hablar de Carmen Peña Fuenzalida es hablar de una especialísima ética universitaria. En efecto: la figura de Carmen comparece con toda la serenidad de quien no escala ni rivaliza, manifiesto su ethos en la co-laboración para el levantamiento de la verdad en cuanto horizonte con-junto. Esta actitud académica, característica de nuestra homenajeada, la observamos en sus trabajos investigativos, en su cotidiana enseñanza de la historia de la música, en su participación en la elaboración de material para la docencia, en su rol editorial tanto en esta revista como en la Revista Musical Chilena.

Mas, quisiera poner en especial relieve el cómo esta ética académica, de quien ni teme ni contiende, le permitió a Carmen desarrollar una actitud hoy por hoy de incuantificable valor, y que es la de una horizontalidad profesionalizante con su estudiantado. La transparencia ética de Carmen siempre constituyó la base de su con-fianza en el otro; la estudiante, en el caso de quien escribe. Esta buena fe, como digo, sustentada en la propia nitidez, constituye un acto formativo de la mayor importancia, introduciendo a jóvenes inquietos en un ámbito de rigor y compromiso, de manera más potente que cualquiera obligación puramente lectiva. Con total convicción hizo parte a su alumnado de instancias educativas –como ayudantes y como colaboradores– y de proyectos de investigación, incorporándoles a grupos de trabajo y otorgándoles, sin lugar a dudas, las primeras herramientas para la labor docente y para la indagación musicológica. Quiero decir: Carmen, con su confianza y su horizontalidad, contribuyó de manera decisiva al investimento profesional de varias y varios, favoreciendo el desarrollo de potencialidades que hasta ese momento permanecían germinales, ocultas bajo la corteza que supone el carácter neófito del “alumno” o de la “alumna”.

La ética de Carmen Peña bien podría narrarse en cuanto una especial relación con el tiempo. Hablo del tiempo de una profesora para con sus clases y sus educandos, en el aula y fuera de esta; tiempo otorgado que supone priorizar al estudiante y el vínculo con este por sobre cualquiera exigencia institucional enfocada al cumplimiento de metas medidas según una serie de parámetros cuantificables. Tiempo para motivar e impulsar al que aprende, con plena fe en quien recién empieza a moverse en espacios académicos. Su confianza, su apoyo, sus elogios, su propio tiempo fueron parte importante de mis años en el Instituto de Música de la PUC, proyectada esta experiencia a los años venideros.

Por todo lo anterior: con la mayor alegría y, a la vez, con el mayor cariño y fraternidad,saludo aquí a la profesora Carmen Peña, celebrando su integridad, su llaneza, su compromiso. Celebrando la ética universitaria, en suma, esa que tanto necesitamos.

Daniela Banderas G.

 

Conocí a Carmen Peña como profesora en los cursos de Historia de la Música en el Instituto de Música UC. Era mediados de los noventa y entonces Historia duraba dos años. Inevitablemente, los cursos de la profesora Carmen lo llevaban a uno a la biblioteca.

El trabajo final de Historia 1, recuerdo, consistía en un proyecto de investigación sobre un tema que uno tenía que elegir de una lista que ella nos entregaba. De las opciones disponibles elegí el madrigal. No porque supiera qué era. Simplemente el nombre me pareció sugerente. Para mi sorpresa, la investigación sobre el madrigal me condujo a obras conmovedoras que escucho y enseño hasta el día de hoy. Pero quizá más importante para mi vida profesional, la investigación me llevó a leer a Alfred Einstein, Anthony Newcomb y, por sobre todo, a Joseph Kerman y a Gary Tomlinson. Carmen, probablemente sorprendida por mi nueva obsesión, me propuso dar una clase (¡a mis compañeros!) sobre el madrigal renacentista. Fue ahí, por una generosa invitación de Carmen, que descubrí el placer de enseñar, especialmente lo que uno ha investigado.

Fue en torno a Carmen que nos encontramos tres futuros musicólogos: Daniela Banderas (Universidad de la Serena), Christian Spencer (Universidad Mayor) y yo. Los tres cursábamos Interpretación Musical como carrera paralela, dividiendo nuestro tiempo entre los campus San Joaquín y Oriente. Carmen nos acogió, estimuló y desafió académicamente, convirtiéndose, en efecto, en nuestra mentora. Nos invitó a ser sus ayudantes en una investigación sobre audiencias de música contemporánea chilena, nuestra primera ayudantía musicológica. Luego nos instó a viajar a Buenos Aires para asistir a las Jornadas Argentinas de Musicología, una conferencia que nos marcó indeleblemente. Fue gracias a estas experiencias que descubrí mi vocación. Por todo esto, estaré siempre agradecido.

Daniel Party

 

Conocí a Carmen hacia el año 1994. Tomé varios de sus cursos y luego fui su ayudante hasta incluso después de terminar mi carrera en el Instituto de Música, el año 2001. Tuve múltiples experiencias humanas y académicas con ella, desde espacios de docencia, participación en congresos y jornadas de trabajo de la revista Resonancias, hasta la participación en comités editoriales y proyectos de diverso tipo, dentro y fuera de la UC.

Me siento agradecido de muchas maneras de Carmen. En primer lugar, ella fue una de las pocas profesoras que favoreció el ingreso de estudiantes a las ayudantías y los proyectos de investigación, un aspecto que para muchos de nosotros fue determinante en nuestra opción por estudios más avanzados dentro del campo de la investigación. Carmen venía de una escuela más participativa y menos centrada en los genios creadores. Ella era además una de las pocas representantes de un tipo de musicología que en ese momento yo desconocía, que era la histórica (Samuel Claro había muerto el año 1994), disciplina que exigía más rigor en el uso de las fuentes y una atenta observación del pasado. Creo que parte de ese legado aún me acompaña en mi interés por el estudio del sonido. Asimismo, su aprecio por los estilos y los géneros –propio de una forma de comprender la música en esos años– fue determinante para mi práctica musical en grupos de música popular, donde la performance se hacía a partir de estructuras rítmico-melódicas predefinidas.

Pero la cuestión más importante de todas para mí fue la docente. Carmen ponía mucha dedicación en el curso de Historia de la Música (algo que no siempre es reconocido en los sistemas de evaluación académica), por lo que su programa de clases era el más completo (y extenso) del IMUC. Esto incluía fuentes y bibliografías “complementarias”, separación por épocas y autores(as) y muchos comentarios a nuestros exámenes. A quienes estábamos interesados en seguir en la investigación esto nos dio autonomía y nos puso exigencias editoriales y de redacción con las cuales íbamos limando nuestro trabajo. Recuerdo muy bien sus frases “esto no se entiende” en mis pruebas y ensayos, algo que me dejaba bien picado y me hacía pensar y repensar… con los años, este simple ejercicio lo fui puliendo, convirtiéndolo en una especie de escritura crítica que conservo hasta hoy. En resumidas cuentas, toda esa pasión por el orden, la objetividad y la sistematicidad la fui entronizando en los años siguientes, volviéndola capital académico y finalmente una estrategia de trabajo inefable para enfrentar la enorme diversidad de formatos de escritura que hoy tenemos. ¡Gracias Carmen!

Christian Spencer

 

Con gusto escribo unas líneas para celebrar la trayectoria de Carmen Peña en el Instituto de Música, quizás porque además de nuestra relación académico-profesional, somos bastante afines y siempre nos hemos llevado muy bien. Nos apreciamos mutuamente, me atrevo a decir. Doce años después de haber salido de la universidad, nunca hemos cortado la comunicación. Más allá de su rol en la Facultad de Artes y en la Universidad, quisiera hablar más bien de mi experiencia con ella.

La Carmen Peña es una mujer de armas tomar y una institución en sí misma. La conocí cuando tomé el curso Música en Chile y América mientras cursaba Derecho y me quería cambiar a Música. Me fue bien en el curso y la Carmen me propuso ser su ayudante al semestre siguiente, tarea que asumí con gusto y durante varios semestres (lo que produjo que yo fuera ayudante de los musicólogos de mi generación, lo que creaba una cierta distancia con mis pares). Aprendí mucho de la Carmen, no solamente en lo que respecta a los contenidos del curso, sino también a su metodología de trabajo, cómo planificaba los cursos, la bibliografía obligatoria y la de apoyo. Aprendí de su rigor académico y de los criterios a los que se atenía para corregir trabajos. Aprendí también del humor que era capaz de ponerle a la historia de la música, y a la musicología en particular.

Más tarde trabajé con ella en un proyecto en torno al patrimonio musical chileno. La Carmen me mostró con su ejemplo eficacia, eficiencia y responsabilidad a la hora de trabajar y siempre celebró el poder de síntesis. A la Carmen le interesa discutir las ideas, y no subestima con quien discute. Siempre ha sido generosa y nunca ha tenido reparos en compartir su experiencia, datos, contactos, ideas y bibliografía.

Siempre ha defendido los derechos de las mujeres y ha reivindicado al género desde la musicología, de la Isidora Zegers para adelante, pasando por Leni Alexander y Margot Loyola (entre muchas otras).

Una palabra se inventó entre quienes frecuentamos a Carmen Peña: “carmenízate”. Quiere decir ponte firme, enfócate, aplícate pero también defiéndete. No se diga más.

Valentina Salinas Welsh

 

Es difícil, veinte años después, pensar cuánto de lo que hago ahora tiene que ver con las enseñanzas de Carmen Peña. Me arriesgaría a decir que no es un porcentaje menor. Cuando pienso en las clases de Historia de la Música, con ella, recuerdo que discutimos mucho, de muchas cosas, pero que siempre estaba abierta a esa discusión. Y era una discusión que ponía, como centro, el hecho de que hacer historia de la música es un oficio, que tiene que ver con ir realmente a ver las cosas, trabajarlas, y no solo con un conocimiento que se saca de libros gordos en bibliotecas. Ese abanico constante de ideas, de fuentes, sin duda inspiró a más de alguien. Como musicólogo que hace historia de la música, y más encima historia de la música en el siglo XIX, no puedo sino reconocer que mi trabajo sigue en los pasos, el camino que zanjaron otros antes, en particular don Luis Merino y Carmen Peña: pero la influencia más directa, en mi manera de ver el periodo, ha sido Carmen Peña.

Creo que a Carmen le tocó ser clave en varios procesos centrales a nuestra disciplina: formar un pregrado en musicología, armar la revista Resonancias, darle sentido a la temprana partida de Samuel Claro, lo que es bien sabido. Quizás menos sabido es que, en el camino de insertar la musicología en la UC, Carmen tuvo que dar peleas que ahora nos parecen obvias, pero que entonces no lo eran. Primero, en tomar ese rol de académica como mujer, la misma generación de, por ejemplo, María de la Luz Hurtado o Claudia Campaña, todas líderes señeras en instalar la investigación en la nueva Facultad de Artes, desde la música, las artes visuales, el teatro.

Carmen siempre cuenta lo difícil que fue convencer a la gente de hacer un curso que hoy nos parece natural: un curso de Música en Chile y América. Darle sentido, forma y pelear ese curso, que abrió una puerta que ya no se cierra, de instalar los problemas de la música en nuestra región como un problema académico, y un contenido fundamental para estudiantes. Y es verdad, para quienes trabajamos el siglo XIX, muchos de los problemas que Carmen fue instalando a través de ese curso, y sus investigaciones en paralelo, son como palabras claves, elementos fundantes de cómo pensamos el periodo: la impresión musical, la iconografía, la música realizada por mujeres, el espacio del salón, la sociabilidad. Mi trabajo, o el de Fernanda Vera, o el de Macarena Robledo, no puede entenderse mucho sin las ideas que Carmen fue desarrollando en su trabajo en las últimas tres décadas, especialmente en el Instituto de Música.

Es evidente que, mucho antes de las actuales olas feministas, Carmen ya tenía un sentido muy determinado de sororidad: sus ayudantes, todas o casi todas mujeres, se terminaban transformando en una especie de camada, siguiendo sus consejos, acompañadas por ella, quizás en parte porque Carmen sabía lo difícil y machista, como siempre dice, que puede llegar a ser el ambiente académico. Yo tuve la suerte de que, aunque nunca fui formalmente su ayudante, me invitó muchas veces a sus famosas juntas anuales con ayudantes y exayudantes en su departamento de calle Lyon, donde era evidente que su preocupación más grande, antes que todo, era el bienestar de sus estudiantes.

Finalmente, de verdad agradezco esto último: en un espacio muchas veces conflictivo y agresivo como es la academia, Carmen siempre defendió a sus estudiantes. Siempre se preocupó por cada persona, tomando muchas horas de su tiempo en reuniones uno a uno para desahogarse o pedir consejo. La vi, de este modo, no solo preocuparse por mí, sino también por tantas otras personas, como estudiantes, como egresadas y egresados, ayudantes, o profesores y colegas también. Cuando tuve que hacer mis primeros cursos en el IMUC, ya como profesor adjunto, Carmen siempre me defendió de las envidias y dificultades que aparecían, y siempre se preocupó de que nadie pasara a llevar a otra persona por su grado académico, o por su currículum, o edad. Por todo eso, y más, le estaré siempre tremendamente agradecido, y me alegra pensar también que esas bases que fue dejando, ese legado, sigue estando presente en tantas personas de las nuevas generaciones.

José Manuel Izquierdo

 

Conozco a la Carmen hace varios años. Fui su alumna, su ayudante y ahora somos colegas, por lo tanto, son infinitas las cosas que podría contar acerca de cómo sus consejos y conversaciones han sido relevantes para mí. Aun así, quisiera intentar, en una sola y breve historia, resumir la marca que ella ha ido dejando en mi vida y mi carrera y que, en parte, me hacen la persona que hoy soy.

Hace varios años, cuando todavía era su ayudante, conversando en la oficina –no recuerdo a propósito de qué–, me contó sobre las tijeras que allí tenía, que habían sido de Samuel Claro. Para quienes hemos trabajado con ella, esas tijeras son algo así como reliquias sagradas, pues hemos llegado a conocer a Samuel Claro no solo como el musicólogo chileno, sino como el personaje legendario de sus relatos y quien fuera su mentor. En efecto, muchas de las cosas que enseña y cuenta –porque la Carmen es una gran contadora de historias– tienen que ver con sus vivencias y aprendizajes con Claro quien, en conversaciones dentro y fuera del aula, dentro y fuera de la oficina, le fue enseñando el oficio de la investigación musical y también la práctica de la docencia. Tiempo después, ya como colegas, tomando café con ella y un par de estudiantes de musicología volvimos a acordarnos de las tijeras. Medio en serio y medio en broma, le decíamos que eran un cetro de poder, custodio de una tradición y sabiduría musicológica que debía traspasarse. De Samuel Claro habían pasado a la Carmen y luego, la Carmen tenía que heredarlas también.

Lo cierto es que con o sin tijeras, heredar su propia experiencia como docente e investigadora es lo que ella ha hecho conmigo y lo que a mi juicio la convierte en una profesora generosa y excepcional. Siguiendo este “mandato” que ella recibió, no solo se ha preocupado por transmitir contenidos, sino de “hacer escuela”, como ella dice. Es decir, de motivar, aconsejar, vincular y producir redes entre quienes nos acercamos a ella y de enseñar más allá del aula, en las conversaciones de pasillo, tomando un café, en su oficina o en reuniones eternas en su casa. Quizás es coincidencia –o quizás no– que casi todas nosotras, salvo excepcionales y destacados “ungidos”, somos mujeres. En ese sentido, la Carmen, quizás sin proponérselo, ha tejido un telar, una tradición y un linaje de mujeres investigadoras y docentes, que gracias a ella tenemos la posibilidad de apoyarnos, de aconsejarnos y de colaborar, cosas que a veces son difíciles de lograr en la academia.

Es por esto, también, que la relación que he tenido con ella desde que me convertí en su ayudante se resume en la dualidad mentora-discípula. Así como sus experiencias en docencia e investigación tuvieron que ver con sus propios aprendizajes con Samuel Claro y otros maestros, las mías como musicóloga y docente surgen de lo que aprendí viéndola, escuchándola y conversando con ella. Porque siguiendo este mandato de “hacer escuela”, cuando la Carmen te llama a su vera, te acoge, te adopta, te cuida. Así de simple (como ella siempre dice). Ser su discípula es mucho más que ir a sus clases y pasar diapositivas. Es sentarte con ella, que te pregunte de tu vida, de tus proyectos, que te escuche y aconseje. Por eso mismo desde hace algún tiempo le digo –un poco en serio y un poco en broma– “pitonisa”, porque la Carmen SIEMPRE tiene la razón. Y esa generosidad no se acaba cuando dejas de ser su ayudante y me consta que tampoco se va a acabar ahora que deja las aulas.

Esas son las tijeras de Samuel Claro, la herencia metafórica a la que Carmen fue dando forma todos estos años y que me toca recibir ahora: mi tarea, el relevo, será investigar y enseñar haciendo escuela, dentro y fuera del aula, acogiendo, aconsejando. Me siento con una tremenda responsabilidad. Pero sé que la Carmen seguirá estando ahí para aconsejarme, guiarme y predecir mi futuro como siempre lo ha hecho.

Un abrazo apretado, Carmen, y mi agradecimiento infinito.

Malucha Subiabre

 

Puedo decir que tuve la suerte de haber descubierto la musicología bajo la enseñanza y tutela de personas que considero, sin lugar a dudas, grandes profesores. Ya sea porque mi disposición interna me hizo apreciar con mucha motivación las oportunidades de aprendizaje que tuve con ellos, encontrando en esta disciplina una convergencia muy afortunada para mis intereses, o porque efectivamente fue un “momento especial” (aunque probablemente todo momento lo sea), mi paso por el IMUC fue, sin lugar a dudas, enriquecedor y feliz. Hoy en día, habiendo seguido el curso de mi interés por esta disciplina y buscando en permanencia desarrollarme en ella en esta etapa doctoral, me siento inmensamente agradecida de las herramientas que me fueron otorgadas por estos profesores del IMUC, donde no puedo dejar de destacar a una de las profesoras con quien más compartí no solo en lo académico, sino también en lo personal: Carmen Peña.

Primero, como alumna de Música en Chile y América, ramo que junto con culturizarme, me sorprendía permanentemente por la transversalidad de las problemáticas abordadas y recursos con los cuales Carmen transmitía los contenidos. Y, luego, como su ayudante, solo puedo decir que guardo lindos recuerdos de la relación que tuve con ella en esos años. Como todo tiene su luz y su sombra, el levantarme muy temprano para llegar con anticipación a asistirla cuando su ramo comenzaba a primera hora, el descifrar la caligrafía del misceláneo y numeroso alumnado de San Joaquín en las pruebas de desarrollo y, sobre todo, el ser estricta con el registro de la asistencia y las peticiones piadosas de estos mismos alumnos (frente a las cuales muchas veces yo no sabía cómo responder), no fueron aspectos de mi máximo agrado. Sin embargo, –y es precisamente en relación a esto que quiero destacar lo mucho que he aprendido de Carmen– puedo decir que haberla visto semana tras semana durante un par de años realizar su labor con genuino interés, dedicación, respeto y cariño por sus alumnos sin dejar de lado el buen criterio que la posicionó siempre como una profesora con autoridad, teniendo siempre un trato impecablemente considerado y gentil conmigo, dejó en mí un legado inmaterial que conservo con gratitud de mis años como su alumna.

Creo que, junto al valor de ser una profesora responsable en la entrega de contenidos, Carmen me ha inspirado y me seguirá inspirando a encontrar un justo equilibrio al momento de enseñar, en el que converjan la motivación y el cariño por lo que uno hace con el respeto y la firmeza necesaria para establecer los límites de una pedagogía justa. Como aquella vez en su curso cuando era su ayudante y me sentí más sólida argumentando lo que yo creía y me dije internamente: “¡Por fin! ¡Me Carmenicé!”.

Daniela Maltrain

 

La profesora Carmen Peña me conoció como estudiante de la carrera de Música de la Universidad Católica. Como docente, me enseñó cosas que normalmente no se alcanzan a estudiar en una carrera tan demandante, especialmente en cuanto a técnica, como lo es Música: me enseñó a leer, a escribir, a generar y participar de proyectos, a dialogar con la historia y a cuestionarme lo que escuchaba... y lo que me decían que escuchaba. Dentro de un contexto de formación altamente eurocéntrico, ella fue uno de mis referentes para encantarme y conocer la música local.

Pero, personalmente, lo que más me marcó de la profesora Carmen fue vivir con ella una de mis más grandes transformaciones. El 2014, siendo su ayudante en el ramo de Música en Chile y América, decidí que mi camino era ser terapeuta y no intérprete. Ella, con su capacidad de observación y curiosidad tremenda, me preguntó por cada cosa que yo mencionaba. Conversamos largamente sobre yoga, sobre el efecto del sonido y sus vibraciones en las personas, sobre rituales indígenas y sobre muchos de sus viajes. Entre conversaciones, descubrimos algo que indiscutiblemente ambas compartíamos: sufríamos de periodos en los que nos costaba tremendamente conciliar el sueño, con las cabezas llenas de ideas y dándole todas las vueltas posibles a cualquier asunto. En consecuencia, compartimos todas las técnicas que se nos ocurría probar para facilitar la tarea, desde tizanas con cáscara de limón y canela, hasta descansar con la cabeza colgando hacia abajo, fuera de la cama, y los pies en alto antes de dormir.

Para mí, Carmen Peña fue un apoyo fundamental en mi transformación. No es fácil después de seis años de estudio decidir cambiar el curso de lo que se está haciendo, pero en ella siempre encontré alguien que se interesaba por mis descubrimientos, que valoró mis decisiones y me ayudó a sentir que pasar de estudiar Música a Kinesiología, no es algo tan lejano como parece.

Daniela Sepúlveda

 

Resumir en pocas palabras mi historia compartida con la profesora Carmen, específicamente su legado profesional y humano, resulta una tarea especialmente compleja para alguien que, como yo –y tal como ella me advirtió en muchísimas ocasiones– tiene la costumbre de divagar. “La profe”, como la llamo, fue una presencia fundamental durante mis estudios de licenciatura, pero también en mi época como su ayudante, e incluso hasta hoy.

Desde que la conocí, en mi primer curso de musicología, ella nunca ha dejado de enseñarme. Tanto dentro de la sala de clases como fuera de ella, la profe se caracteriza por estar siempre compartiendo datos útiles sobre tópicos como música, historia y escritura académica, pero también acerca de temas menos disciplinares, entre los que recuerdo particularmente cine, series de la TV británica y cocina, algunos de nuestros intereses comunes. Sin lugar a duda, lo que más agradezco de haberla tenido como profesora y de haber sido su ayudante es la posibilidad que se me dio de compartir largos y gratos momentos de conversación junto a ella, siempre acompañados de nuestros cafés, en los cuales abundan anécdotas y enseñanzas que sobrepasan lo profesional y se transforman en lecciones de vida.

De ella como profesora destaco principalmente su capacidad de conciliar la cercanía con sus estudiantes, su sentido del humor y sus aires teatrales al comunicar, con su carácter resuelto, directo y ética y académicamente exigente. En el salón de la profe siempre se podían esperar risas y distensión, pero eso no significaba que ella no demandara del estudiantado esfuerzo, excelencia y, fundamentalmente, compromiso. Esto me quedó claro desde el comienzo. En una de nuestras primeras clases de Introducción a la Musicología, ella solicitó al azar a una persona del curso que hiciera una síntesis de la lectura obligatoria para ese día. Luego de que, con nerviosismo, el estudiante en cuestión reconociera no haber revisado el texto, la profe exclamó enfáticamente: “si quieren ser musicólogos, tienen que leer”. Demás está decir que ni mi compañero ni yo olvidamos jamás esa lección.

Creo que ser mujer en la academia no es empresa fácil. Requiere sacrificio y entrega, que muchas veces pasan desapercibidos. Aunque me mostró esto con su propio ejemplo, la profe me enseñó también que, lejos de los reconocimientos o el alimento para el ego, la carrera docente implica sobre todo empatía y donación desinteresada, pues existe una responsabilidad en formar a las siguientes generaciones, la cual ella aceptó gustosamente, sin flaquear ni un solo día, asumiendo con afecto la misión de sacar lo mejor de todas y todos quienes pasamos por sus aulas.

De corazón, deseo que ella se quede con la sensación de un trabajo bien hecho y que, luego de tanto esfuerzo, tenga el tiempo de completar los interesantísimos proyectos que por años ha postergado o de tomar sus anheladas clases de escultura. Por mi parte, le agradezco por todo lo que ha hecho por mí, por estar en mi vida, creer en mi potencial y plantar la semilla de la musicología.

Macarena Robledo Thompson

 

Conocer a la profesora Carmen Peña en mi primer día en la universidad fue, sin dudas, un honor. Atrasada por el ajetreo de bienvenidas institucionales, entré a su salón de clases intentando no interrumpir. Luego de preguntar formalidades, “la profe”, como la nombraría rápidamente, me recibió con la dura pregunta: ¿qué es la Musicología? No supe cómo responder a dicha interrogante, y, hoy en día, recuerdo ese momento como una antesala al aprendizaje desafiante que me esperaba en su compañía. Lejos de todos los mitos sobre la exigencia de Carmen Peña que siempre rondaron por los fríos pasillos del IMUC, pude desde muy temprano experimentar de primera fuente la docencia comprometida y apasionada que la profe ha brindado por tantos años, y que, por supuesto, seguirá entregando fuera de los salones y de la oficialidad universitaria.

La virtualidad de la pandemia nos quitó las conversaciones y lecciones de vida en las mesas verdes fuera de la Escuela de Teatro, pero nos entregó espacios íntimos de reflexión a distancia, que en oportunidades abrieron la puerta a una cotidianidad del aprendizaje desde nuestros hogares. Creo ser como tantas otras personas que han sido formadas e inspiradas por la profe Carmen, quienes hemos atestiguado que el hacerse espacios es posible con rigurosidad, tenacidad y valentía. Ser mujer en la academia no es tarea fácil, menos aún compatibilizar la docencia entregada, la investigación y la gestión. No me cabe duda de que en esta nueva etapa de vida la profe seguirá entregándonos sus inacabables anécdotas y conocimiento, pero también espero que encuentre ese tiempo añorado para todos aquellos proyectos pendientes.

Cuando recibí la invitación para participar de esta instancia no sabía de qué manera abordarla. El inmenso cariño que le tengo a la profe Carmen me llevó a pensar que no podía dejar pasar la oportunidad para expresar mi gratitud hacia ella. Hoy estoy expectante de cómo esa energía y curiosidad inacabable que guía la vida de Carmen Peña ocupará nuevos, pero también conocidos espacios. Agradecida estoy de haberme encontrado con una mujer tan extraordinaria y confío en que nos pondremos al día con todos los cafés perdidos.

Ana María Díaz Pinto

 

Desde mi entrada a la universidad, algunos años atrás, los pasillos parecían ser lugares de creación mitológica: en cada uno de ellos se extendían relatos de hechos –supuestamente– ocurridos dentro y fuera del Instituto de Música, con toda su población como participantes. En estos, la profesora Carmen aparecía desde los mitos fundacionales, hasta en algunos que parecían sacados de la ciencia ficción. Se presentaba a su persona como una especie de dama de hierro, con una autenticidad, personalidad y vozarrón sin igual; aunque más bien, yo la pienso como una dama de cobre con ojos de lapislázuli, que tienen una capacidad específica de detectar cualquier atraso o falta de desayuno en el auditorio, los martes y jueves a primera hora.

Incluso antes de mi primera clase con la profesora Carmen, ya sentía miedo de enfrentarme a su presencia. No sabría decir por qué, pero la idea de conversar con ella me aterraba –quizás por no saber qué podría aportar mi presencia a la discusión–, pero luego me di cuenta de que su capacidad de conversar no tenía límites; pasaban los minutos y no sabía cómo hacerle saber que me tenía que ir corriendo a otra clase. Su disposición a compartir una cantidad de información exuberante es algo que siempre me llamó la atención, y que atesoro especialmente.

Para mí, la profesora Carmen es un reflejo de cómo debiese ser la disciplina musicológica, siempre planteando invitaciones a reflexionar, siempre abierta a trabajar con cualquiera que demuestre interés, y siempre al lado de un café. Durante el año 2021 tuve el placer de ser su ayudante en la difícil tarea que implica la virtualidad, sin embargo, su templanza, optimismo y fortaleza hicieron de esta experiencia un espacio para conversaciones infinitas que marcaron un antes y un después en este largo camino de aprendizaje. Espero con ansias todos esos cafés pendientes en su compañía, que, estoy segura, traerán muchas nuevas anécdotas, historias, y, ¡quién sabe! nuevos mitos para la colección.

Tamara Bulicic Auspont



[1] Regalar casetes copiados en esa época era un gesto muy personal, pues debías ocuparte de grabarlos y luego escribir las canciones en la carátula, muchas veces agregando decoraciones.

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