Resonancias: Revista de investigación musical

ISSN 0719 - 5702 (en línea); ISSN 0717 - 3474 (impresa)

N°41 /

Noviembre 2017

Portada 41

Documentos

In Memoriam Ángel Parra (1943-2017)

Por Patricio Brickle

Doctor en Filosofía, Universidad París VIII
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Resonancias vol. 21, n° 41, julio-noviembre 2017, pp. 163-164. 
DOI: https://doi.org/10.7764/res.2017.41.8
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Melancolía y nostalgia, quizás, podría ser el sello de los versos compuestos por nuestros cantautores de la canción chilena. Pero no es una nostalgia por el pasado, sino por el tiempo venidero, por los sueños, por los anhelos, por la posible conquista de una vida más próxima a lo justo, al respeto. Son constatadores de su tiempo, de nuestro tiempo. Registradores de los detalles que van configurando nuestras realizaciones y fracasos. Músicos que empuñan sus manos y exhalan su voz al futuro, a los de hoy.

El canto popular chileno tiene antigua data. Ya a fines de los años 50, Violeta Parra recopilaba el folklore nacional, recorriendo el país de punta a punta, aprendiendo de los cultores que cultivaban un saber ancestral musical, dando lugar con ello a la conformación de una cultura. Luego vendrá la Peña de Los Parra y la aparición de jóvenes cantantes que ya cantaban sus propias composiciones: Patricio Manns, Víctor Jara, Isabel y Ángel Parra. Mucho antes que Cabrel o Dylan. Vienen tiempos de decisiones, de compromisos, de manifiestos; y la canción se torna en una herramienta de conquistas sociales, mas sin dejar de ser nunca canción de amor.

Pero nada detiene al arte, nadie detiene al artista. No hay represión ni control estatal que socave y destruya su fuerza creativa. Entonces, siempre, en los silencios, en las esquinas, en los recovecos; se siguió haciendo la canción urbana, como la llamaba Eduardo Peralta. Así, la canción chilena tomaba las formas más diversas: bossa nova (Hugo Moraga), fusión (Congreso), rock progresivo (Los Jaivas, Los Blops). Y, luego, vuelta al sonido de los albores, al sonido de la guitarra y la voz, de los encuentros universitarios, de ese caset que corría de mano en mano: Daniel Campos, Osvaldo “Gitano” Rodríguez, Fernando Ubiergo. Músicos que interpretan a nuestros propios músicos y sus propias composiciones, ya no las composiciones de unos otros que cantaban para sus propios mundos. Más de dos décadas separan a Schwenke y Nilo y a Santiago del Nuevo Extremo de las primeras canciones de Violeta Parra (tradición), pero la cercanía es estrecha, su signo es el mismo: melancolía y nostalgia. Así se construye una cultura, así se va tornando en tradición, así se llega a apropiar una identidad.

Conocí a Ángel Parra hace una década, en París. Sabía de él desde mi temprana niñez, durante la cual escuché una y otra vez en un viejo caset “Cuando amanece el día”. La limpieza de su guitarra y la claridad de su letra me sorprendían y emocionaban. Me estremecía su voz. Letra viva y vivaz hecha voz, registro y cuño de una época y de un pensar. Ángel fue y es el corazón de un canto dirigido a lo humano y al amor. Canción de amor fue lo suyo. Fue un amigo gigante y me entristece su partida. Estábamos trabajando sobre su próximo concierto en Hanoi, Vietnam, que realizaría junto a su hijo Ángel en los próximos meses. Vietnam estaba pendiente y esa espera lo agitaba.

Nuestros encuentros fueron recurrentes cuando residí en París. Se me hacían breves. Ángel siempre se hizo el tiempo para compartir, ya fuese alrededor de un plato de “guatitas” en el restaurant portugués –el de los obreros, como me decía– en las proximidades de la estación del metro Pernety, o bien al finalizar uno de sus conciertos dedicados a su madre, Violeta, y a George Brassens. Matías Pizarro lo acompañaba en el piano. Músico y compositor de un notable disco: “Pelo de rata”.

Recuerdo cuando asistí en París al estreno oficial de la película chilena “Violeta se fue a los cielos” del Director de cine chileno Andrés Wood, película inspirada en el libro de Ángel. Reitero con majadería la palabra chileno, porque el fenómeno acontecido en ese momento parecía ser el precipitado justo del trabajo “silencioso” desarrollado por nuestros intelectuales hace ya varias décadas en esa ciudad y en ese país. Después de ver la película de Wood –con palabras iniciales de Ángel y del actor francés Thomas Durand, quien interpreta al último amor de nuestra poetisa Violeta Parra– regresamos a nuestra casa con la alegría de haber presenciado algo especial. La conformación de la tradición y la muestra de una identidad, de un patrimonio. En casa encendimos la radio, France Culture, y justo había un programa dedicado a la Violeta, con entrevistas a Ángel e Isabel, a Alejandro Jodorowski y Jorge Edwards.

Unos meses después, invité a Ángel a cenar con los filósofos Jeffrey Barach, Patrice Vermeren y Carlos Contreras, en París. Cuando Ángel se despidió de todos nosotros y partió rumbo a otro compromiso, Jeffrey preguntó, ingenuamente, quién era Ángel, y Patrice exclamó: Il est une legende!

Gracias Ángel, amigo, por tu legado, amor y fidelidad por lo propio, por forjar con tu arte un modo de ser genuino, que constituye de modo originario un caminar hidalgo por el mundo.

Hanoi, marzo 2017

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