Resonancias vol.28, n°55, julio-diciembre 2024, pp. 209-214.
Desde 2015 la editorial con base en Kassel, Edition Reichenberger, publica monografías musicológicas centradas en el estudio de músicas de tradición escrita producidas en el mundo ibérico durante la Edad Media y la modernidad temprana. La serie Iberian Early Music Studies cuenta hasta la fecha con seis volúmenes –el último aparecido en 2023– de los cuales me ocuparé aquí del número cuatro. Se trata del estudio sobre un género que había recibido poca atención en la extensa bibliografía de la musicología histórica española: la lamentación polifónica. El libro está destinado, como todos los de la colección, a especialistas en música renacentista en general y en música sacra en particular. El autor, Manuel del Sol, es doctor en Musicología por la Universidad Complutense de Madrid y su tesis, ahora convertida en libro, recibió el Premio Extraordinario de Doctorado en Música de esa universidad. Actualmente es catedrático de la Universidad de Salamanca y sus líneas de investigación comprenden la música antigua, el canto llano, la polifonía renacentista y el patrimonio musical iberoamericano en la Edad Moderna. El libro, que sigue de cerca la estructura de la tesis doctoral, se organiza en una introducción y cuatro capítulos, a los que se suman las conclusiones, una extensa y actualizada bibliografía, seis anexos y un utilísimo índice onomástico.
Para quienes estudiamos el repertorio polifónico del último tercio del siglo XVI y el primero del siglo siguiente, es sabido que conocer las fuentes de canto llano en las que se inspiraron las composiciones sacras del periodo es fundamental. El predominio de la técnica del cantus firmus obliga al analista a volver sobre sus pasos y detenerse en las raíces monódicas medievales que están en la base de la polifonía. Esto se corrobora para el caso ibérico a un lado y a otro del Atlántico. Otro factor que interviene en la consideración de estas músicas es la celebración del Concilio de Trento (1545-1563) y la revisión de su impacto real en cuestiones de práctica musical. La publicación del Breviario de Pío V (1568) no tuvo el esperado efecto unificador de los textos ni de las melodías en todo el orbe católico. Hubo tradiciones locales de canto llano que, amparadas por el Motu Proprio: Ad hoc nos deus unxit (Roma, 1570), pervivieron y convivieron con la romano-franca. Como nos explica Manuel del Sol, ese es precisamente el caso de las lamentaciones en “España”. La completísima indagación de fuentes textuales y musicales pre y postridentinas realizada para esta investigación permite conocer que “los versos de las lamentaciones publicados en el breviario romano de 1568 no se establecieron debidamente en la praxis católica” (p. 3). Este descubrimiento es una de las principales contribuciones de la investigación del musicólogo español. Otro de los aportes que valorizan esta monografía es la identificación y tipificación de los tonos hispanos de recitación monódica de las lamentaciones, que se distinguen del romano-franco y que predominan en las producciones del ámbito iberoamericano.
Estas cuestiones son tratadas por el autor en la introducción del libro, en la que nos pone sobre aviso de aspectos para tener en cuenta al emprender el estudio de las lamentaciones, ya se trate de piezas monódicas, polifónicas, pre o postridentinas. Lo primero es la contextualización litúrgica del Libro de las lamentaciones del profeta Jeremías en la liturgia católica de Occidente, las características literarias del texto, su contenido y la historia de su incorporación en el oficio de Semana Santa. Luego hay una detallada explicación del ceremonial del oficio de tinieblas. Vale aclarar que, cuando hablamos de “oficio de tinieblas”, nos estamos refiriendo a la celebración conjunta de maitines (con sus tres nocturnos) y laudes del Triduo Sacro (Jueves, Viernes y Sábado de Semana Santa). Según estaba prescripto, el Officium Tenebrae debía tener lugar durante “las últimas horas de oscuridad previas al amanecer” (p. 17). Al parecer, este ritual “era uno de los ritos más luctuosos del calendario cristiano” (p. 14) y se mantuvo casi sin variantes desde probablemente el siglo IV o V de la era común hasta la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II (1962-1965). Las numerosas simbologías del tenebrarium (candelabro triangular de trece o quince velas) y el gradual oscurecimiento del templo durante la ceremonia tenían una potente carga dramática que la singularizaba.
El segundo aspecto importante es la forma litúrgico-musical propia del género. Tradicionalmente se estructura en cuatro secciones de acuerdo con la distribución del texto: “introducciones, letras del alefato hebreo, versos extraídos de los cinco capítulos de las lamentaciones y la plegaria final ‘Hierusalem, Hierusalem convertere ad Dominum Deum tuum’”(p. 18). Cada una de estas secciones requiere un análisis particular, puesto que el estudio de las lamentaciones ibéricas en la larga duración indica que prevaleció un cultivo muy flexible de la forma, musicalizando estas cuatro partes en canto llano y polifonía según lo permitían sus características textuales.
Además de las consideraciones que acabamos de expresar, en la introducción el autor traza un exhaustivo estado del arte recuperando investigaciones sobre las lamentaciones como género cultivado en Europa desde la Edad Media (Kimlisch 1971), estudios que profundizaron en las fuentes monódicas medievales y en los tonos de recitación de las lamentaciones europeas en general (Wagner 1921; Stäblein 1960) e ibéricas en particular (Rojo 1917a; 1917b; 1930; Prado 1928; 1934; Ribay 1992), análisis comparativos de los textos de las lamentaciones españolas y el consiguiente ordenamiento de las fuentes antes y después del Concilio tridentino y el abordaje parcial de los toni lamentationum ibéricos (Hardie 1993; 2002; 2003; 2006; 2009; Snow 1996). Este último es uno de los puntos centrales de la tesis de Del Sol, ya que su aporte al estudio de las fuentes monódicas consiste principalmente en haber identificado y tipificado los toni lamentationum en las composiciones pre y postridentinas. Esto le ha permitido constatar la pervivencia de una tradición musical propiamente hispana en la liturgia católica hasta comienzos del siglo XX.
Aunque el trabajo se ocupa de un tema “marginal” para la historia de la música occidental, la exhaustividad con que ha sido llevado a cabo, las herramientas que brinda para el análisis musical del repertorio y la actualización que proporciona sobre las relaciones entre la música sacra en el mundo iberoamericano, el Concilio de Trento y la implantación de la Contrarreforma católica, lo convierten en un estudio de interés para todo aquel que se dedica profesionalmente –desde la interpretación históricamente informada, la musicología histórica o la teoría musical– a la música renacentista y barroca. El recorte temporal que analiza el libro comprende las lamentaciones polifónicas producidas entre 1480 y 1650, adelantando el terminus post quem (1493) que se había fijado hasta el momento como fecha en que se inició en Europa el cultivo de la lamentación polifónica. El autor propone, además, que la práctica litúrgico musical de las lamentaciones habría comenzado con una etapa de “tradición oral de contrapunto improvisado en fabordón u otras técnicas performativas similares” (p. 29), comprobada también en géneros profanos de mediados del siglo XV y finales del siglo XVI y que la introducción del género, junto con el de las pasiones de Semana Santa, de manera estable en la liturgia estuvo ligada al papel preponderante que tuvieron los cantantes y compositores españoles en la Capilla Papal durante el pontificado del valenciano Alejandro VI (1492-1503).
El libro incluye la revisión crítica de las lamentaciones de los autores más renombrados de todo el Renacimiento español (Morales, Guerrero, Victoria) a la luz del reconocimiento de los tonos hispanos de lamentación utilizados como cantus prius factus en las piezas polifónicas. Hasta la aparición de este estudio no habían sido descriptas en profundidad las principales características melódicas de los distintos tipos de fórmulas recitativas de origen no gregoriano (simple, doble y múltiple) presentes en la península ibérica. El cotejo crítico del repertorio permite concluir que, si bien los compositores ibéricos (de Europa y de América) adhirieron a un estilo motetístico internacional, lo hicieron sobre la base de la transmisión de un fondo monódico propio, que se fue consolidando a través de los libros impresos producidos localmente (“usos locales”). Así, en el contexto de las Coronas de Castilla y Aragón (y todos sus territorios) el canto llano romano-franco de las lamentaciones compartió el espacio con el hispano, dividido a su vez en dos vertientes: la práctica hispano-castellana (centrada en la catedral de Toledo) y la práctica hispano-aragonesa (con base en la primada de Zaragoza). Para el caso portugués, en cambio, el autor concluye que, a pesar del evidente parentesco con la tradición toledana, la práctica lusitana no es un simple derivado de ella sino “una praxis híbrida que combina rasgos de la tradición hispana […] y de la tradición melódica romana-franca” (p. 83). El autor ha detectado en las lamentaciones características textuales y melódicas que rastrea desde las fuentes manuscritas medievales de la península ibérica (comenzando en el siglo IX-X), analiza los libros impresos en los contextos pretridentinos de las Coronas de Castilla, Aragón y Portugal desde alrededor de 1505 y evalúa las pervivencias y transformaciones de estos rasgos de la monodia hispana en los cantorales y pasionarios postridentinos publicados hasta 1616. El capítulo primero se ocupa extensamente de estos temas.
Según Del Sol, es posible afirmar que la tradición del canto polifónico de las lamentaciones en el contexto litúrgico ibérico se remonta a finales del siglo XV (“desde al menos la década de 1480”, p. 173) y se emparenta con las prácticas del fabordón improvisado o semi-improvisado sobre los toni lamentationum. Los mismos tonos fueron ampliamente difundidos y empleados como cantus firmus, como lo demuestran las fuentes revisadas por el autor del libro. Queda desmentida, entonces, la hipótesis de que la polifonía aplicada a este género fue tardía en la España renacentista, “sin descartar, incluso, que la aportación hispana fuera pionera en la interpretación polifónica de las lamentaciones de Jeremías” (p. 108). Los capítulos dos y tres están dedicados a las lamentaciones polifónicas pre y postridentinas respectivamente. El autor analiza los repertorios de lamentaciones de las principales figuras del Renacimiento temprano español tales como Juan de Anchieta –a quien le atribuye por estilo las lamentaciones anónimas del Cancionero de Segovia–, Francisco de Peñalosa, Juan Escribano, Francisco Guerrero, Hernando Franco y, en mayor profundidad, Cristóbal de Morales. Junto con una revisión y puesta al día del catálogo de las piezas del género atribuidas al hispalense, Del Sol demuestra que “Las lamentaciones de Morales fueron, junto con sus misas y magníficats, las obras más conocidas del compositor” (p. 7). El ciclo de lecciones de tinieblas compuesto por Morales circuló tanto en la península ibérica como en las colonias americanas. Su fama tuvo origen en Roma y en la práctica litúrgica de la Capilla Papal, donde el autor del libro ha comprobado que, tras ser adaptadas al nuevo rezado, continuaron en uso después del Concilio de Trento en forma ininterrumpida hasta la década de 1580 (p. 140). Estas piezas muestran un caso extremo de cómo las lamentaciones fueron modificadas y transformadas por los músicos de generaciones posteriores, tanto en Europa como en América, a fin de mantenerlas en vigencia.
Las lamentaciones de Tomás Luis de Victoria se tratan in extenso en el capítulo tercero y, junto con las de Sebastián Raval y Pedro Rimonte, corresponden a las que se compusieron en pleno contexto contrarreformista. Como rasgo común de este período, se observa una pérdida de interés en el uso estricto de toni lamentationum hispanos como cantus firmus “en favor de un tratamiento contrapuntístico imitativo de pequeños motivos melódicos (procedentes de la tradición cantollanística hispana) o de inspiración libre” (p. 228). Tanto la “situación precaria de la imprenta musical en España” como la “resistencia institucional en algunas capillas eclesiásticas españolas e hispanoamericanas” parecen haber sido factores que intervinieron en el cultivo del género y, en cambio, la tendencia a “la canonización de las lamentaciones polifónicas españolas compuestas por los maestros de capilla de cada institución –especialmente en las capillas eclesiásticas y reales– quienes frenaron probablemente la circulación y recepción de lamentaciones de otros autores” (p. 229).
El texto está ampliamente complementado con profusión de tablas que resumen contenido relevante, ilustraciones de manuscritos e impresos y ejemplos que acompañan y clarifican el análisis musical. Como usuaria del artefacto libro impreso en la era digital, destaco los materiales que componen los anexos, en los que se cuenta con los textos completos del Libro de las lamentaciones, un esquema del ordenamiento litúrgico de este género en el oficio de tinieblas (maitines y laudes), un gráfico que resume la forma litúrgico-musical pre y postridentina de las lamentaciones, dos cuadros que se dedican a las cuestiones textuales (diferenciación y normalización) y un listado de “Lamentaciones polifónicas españolas y portuguesas pre- y postridentinas, ca. 1480-1650” (págs. 308-312) que compendia autores, fuentes, instituciones que las resguardan, datación, versículos de los textos que se musicalizan, íncipit textual, asignación litúrgica, cantidad de voces del orgánico y la tradición monódica a la que adscribe el canto llano (“tono”).
La escritura es un tanto árida –como suele ocurrir con los textos dedicados al análisis musical y al cotejo de fuentes–; no obstante, el autor ofrece interesantes discusiones acerca de nociones establecidas que animan la lectura. Lo mismo ocurre con las hipótesis interpretativas que propone, sin dar lugar a prolongadas especulaciones sin asidero concreto; más bien todo lo contrario: capitaliza conclusiones en base a evidencias que va desmenuzando en sus exposiciones, tanto a nivel documental como técnico musical. Esta apreciación nos conduce a comentar brevemente el capítulo final, en el que el autor introduce un curioso hallazgo: “piezas que confirman la actividad de este género en un marco devocional, privado doméstico o de entretenimiento” (p. 231). Se trata del arreglo para voz y vihuela de dos lamentaciones pretridentinas polifónicas conservadas “en el oratorio privado de la emperatriz María de Austria y Portugal (1528-1603) del Convento de las Descalzas Reales de Madrid” (p. 266) y dos intabulaciones impresas para voz y vihuela: de Miguel Ortíz una (Valladolid, 1547) y de Cristóbal de Morales la otra (Sevilla, 1554). Como reflexiona Del Sol, si bien no es posible conjeturar por qué no hay más ejemplares que documenten esta práctica, “los arreglos de Vaderrábano [para el caso de Ortíz] y Fuenllana [para la lamentación toledana de Morales] confirman la regla por la que sí se intabulaba cualquier género de música” (p. 266).
En el mismo capítulo cuarto el musicólogo español nos entrega una panorámica de la praxis hispana de las lamentaciones, comenzando por la Capilla Real desde el tiempo de los Reyes Católicos y llegando al período de Felipe III, pasando por otras capillas de música nobiliaria del contexto ibérico. El autor da cuenta de “cuántas y qué lamentaciones eran compuestas en polifonía, cuáles eran recitadas en canto llano, la variedad de estilos identificados (canto llano, polifonía y alternatim) y la participación o no de instrumentos” (p. 232).
Finalmente, me gustaría destacar dos cuestiones metodológicas que llamaron mi atención. Por una parte, el concepto de “España” (que entrecomillé también más arriba y espero que aquí se entienda por qué) con que se trabaja en el texto. Manuel del Sol aclara expresamente que hará uso del término no en su “acepción moderna” sino que lo aplicará de la manera en que “la sociedad renacentista de la época” lo hacía entre fines del siglo XV y mediados del XVII, es decir, para referirse a “la creación de una supuesta unidad político-religiosa constituida a través de la unión matrimonial de las monarquías de Castilla y Aragón; a las cuales hay que añadir los territorios ultramarinos del Nuevo Mundo, los reinos de Granada y Navarra, las posesiones europeas de la Casa de Habsburgo y la Corona de Portugal” (p. 5). Más allá de ser una cuestión de delimitaciones geográficas y políticas, es importante dimensionar las consecuencias que esto conlleva para abordar el Renacimiento desde una perspectiva musicológica. Por otra parte, y en estrecha coherencia con este posicionamiento historiográfico, Del Sol examina el repertorio de lamentaciones del mundo ibérico poniéndolo en diálogo permanente con las producciones equivalentes de sus pares en otras latitudes europeas. Así, esta obra trasciende la relevancia que de por sí tiene como estudio en profundidad de las lamentaciones destinado a especialistas y extiende su alcance hacia quienes se interesen por la búsqueda, a través de la música sacra del Renacimiento, de una identidad cultural de la tradición hispana.
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